Cierre de este blog,
Pero vamos, no es un adios, es que os cito en otro lugar. Si queréis, podéis seguir leyendo a este pobre garabatista en esta dirección:
http://desdelhumilladero.blog.com
Os espero.
A veces me pregunto si todo esto merece la pena. No es que me queje mucho de mi suerte, las hay peores. Es que a veces da coraje. Te hartas de estudiar, de buscar curro y lo único que encuentras es circunstancial, una ocupación mediocre que te permite unos pocos ingresos para seguir estudiando, ahora oposiciones. Pero llegas tan cansado del tajo que apenas puedes leer dos líneas seguidas, necesitarías más tiempo pero lo gastas en el trabajo que te da la pasta para invertir en los estudios. La pescadilla que se muerde la cola, vamos. Y para colmo ni siquiera me enseñaron a sacar mucho rendimiento de los estudios o administrar mi tiempo. Así me va.
Pero no me quejo deso –ups, que fallo, tengo las neuronas al baño maría-. De lo que me quejo es que tanto esfuerzo apenas tiene recompensa, mientras que otros que apenas saben hacer la O con un canuto de los que no se fuman, viven coma la puta madre que los parió sin dar un palo al agua más de lo necesario, cuando no los dan por ellos. Niños/as –para no pecar de sexista- de papá y mamá, o lo que es peor, de otros. Y como te ven "económicamente atrasado" te llaman “atrasado” o “inútil”.
Es verdad, soy un fracaso y un inútil. No sirvo para nada, no sé lamer culos ni sé engañar al prójimo, ni sé aprovecharme del esfuerzo ajeno. Sólo sé cumplir lo mejor que puedo con el trabajo encomendado, avisar de mis limitaciones para poder cumplirlo lo mejor posible, y tratar de estudiar algo, aunque no sea mucho, lo que mis fuerzas y el tiempo disponible me dejan, que así me va. Un año llevo con unas oposiciones sencillitas y apenas llevo medio temario, y eso que soy hombre de pocos vicios, ni salgo apenas, ni tengo novia con la que compartir caricias y cariños ni apenas amigos. Bueno, de eso sí que tengo, pero algunos me tendrán por un lejano recuerdo por lo poco que les llamo, tan mal administro mi tiempo para administrar mi tesorería.
Supongo que alguna vez sabré fabricarme la suerte, que a base de palos y sinsabores y golpes aprenderé. ¡Pero que duro se me hace hasta que ese día llegue!. Ruego al de arriba que me dé fuerza de voluntad para seguir luchando hasta conseguir mi sueño, que no es otro que tener una vida como los demás, un trabajo decente acorde con mi formación, una casa, una mujer a mi lado, una familia… esas cosas, que tampoco quiero ser rico, que son muchos quebraderos de cabeza.
No es la primera vez que os pongo por aquí un artículo de este genial escritor opinando sobre la actual situación española. En esta ocasión os pongo unas lineas aparecidas en el blog de Francisco Rubiales (Voto en Blanco), aunque publicado originalmente en El Semanal el 16 de marzo. Como el anterior, espero que lo disfruteis.
Arturo Pérez Reverte
Me sigue sorprendiendo que se sorprendan. O que hagan tanto paripé, cuando en realidad no les importa en absoluto. Ni a unos, ni a otros. Y eso que todo viene seguido, como las olas y las morcillas. La última –estudio internacional sobre alumnos de Primaria, o como se llame ahora– es que el número de alumnos españoles de diez años con falta de comprensión lectora se acerca al 30 por ciento. Dicho en parla normal: uno de cada tres críos no entiende un carajo de lo que lee. Y a los 18 años, dos de cada tres. Eso significa que, más o menos en la misma proporción, los zagales terminan sus estudios sin saber leer ni escribir correctamente. Las deliciosas criaturas, o sea. El báculo de nuestra vejez.
Pero tranquilos. La Junta de Andalucía toma cartas en el asunto. Fiel a la tradicional política, tan española, de subvenciones, ayudas y compras de voto, y además le regalo a usted la Chochona, la manta Paduana y el paquete de cuchillas de afeitar para el caballero, a los maestros de allí que «se comprometan a la mejora de resultados» les van a dar siete mil euros uno encima de otro. Lo que demuestra que son ellos quienes tienen la culpa: ni la Logse , ni la falta de autoridad que esa ley les arrebató, ni la añeja estupidez analfabeta de tanto delincuente psicopedagógico y psicopedagocrático, inquilino habitual, gobierne quien gobierne, del ministerio de Educación. Los malos de la película son, como sospechábamos, los infames maestros. Así que, oigan. A motivarlos, para que espabilen. Que la pretendida mejora de resultados acabe en aprobados a mansalva para trincar como sea los euros prometidos –una tentación evidente–, no se especifica, aunque se supone. Lo importante es que las estadísticas del desastre escolar se desplacen hacia otras latitudes. Y los sindicatos, claro, apoyan la iniciativa. Consideren si no la van a apoyar: ya han conseguido que a sus liberados, que llevan años sin pisar un aula, les prometan los siete mil de forma automática, por la cara. Y más ahora que, de aquí a tres años, con los nuevos planes de la puta que nos parió, un profesor de instituto ya no tendrá que saber lengua, ni historia, ni matemáticas. Le bastará con saber cómo se enseñan lengua, historia y matemáticas. Y más si curra en España: el único país del mundo donde los profesores de griego o latín enseñan inglés.
Así, felices de habernos conocido, seguimos galopando alegremente, toctoc, tocotoc, hacia la nada absoluta. Todavía hay tontos del ciruelo –y tontas del frutal que corresponda– sosteniendo imperturbables que leer en clase en voz alta no es pedagógico. Que ni siquiera leer lo es; ya que, según tales capullos, dedicar demasiado tiempo a la lectura antes de los 14 años hace que los chicos se aíslen del grupo y descuiden las actividades comunes y el buen rollito. Y eso de ir por libre en el cole es mentar la bicha; te convierte en pasto de psicólogos, psicoterapeutas y psicoterapeutos. Cada pequeño cabrón que prefiere leer en su rincón a interactuar adecuadamente en la actividad plástico-formativo-solidaria de su entorno circunflejo, por ejemplo, torpedea que el día de mañana tengamos ciudadanos aborregados, acríticos, ejemplarmente receptivos a la demagogia barata, que es lo que se busca. Mejor un bobo votando según le llenen el pesebre, que un resabiado culto que lo mismo se cisca en tus muertos y vete tú a saber.
El otro día tomé un café con mi compadre Pepe Perona –«Café, tabaco y silencio, hoy prohibidos», gruñía–, que pese a ser catedrático de Lengua Española exige que lo llamen maestro de Gramática. Le hablé de cuando, en el cole, nos disponían alrededor del aula para leer en voz alta el Quijote y otros textos, pasando a los primeros puestos quienes mejor leían. «¿Primeros puestos? –respingó mi amigo–. Ahora, ni se te ocurra. Cualquier competencia escolar traumatiza. Es como dejar que los niños varones jueguen con pistolas y no con cocinitas o Nancys. Te convierte en xenófobo, machista, asesino en serie y cosas así». Luego me ilustró con algunas experiencias personales: una universitaria que lee siguiendo con el dedo las líneas del texto, otro que mueve los labios y la cabeza casi deletreando palabras… «El próximo curso –concluyó– voy a empezar mis clases universitarias con un dictado: Una tarde parda y fría de invierno. Punto. Los colegiales estudian. Punto. Monotonía de lluvia tras los cristales. Después, tras corregir las faltas de ortografía, mandaré escribir cien veces: Analfabeto se escribe sin hache; y luego, lectura en voz alta: En un lugar de la Mancha, etcétera». Lo miré, divertido. «¿Lo sabe tu rector?». Asintió el maestro de Gramática. «¿Y qué dice al respecto?». Sonreía mi amigo, malévolo y feliz, encantado con la idea; y pensé que así debió de sonreír Sansón entre los filisteos. «Dice que me van a crucificar.»
El Semanal, 16 de marzo de 2008
Y de los grandes, de los de libro. Soy un “Tonto de Capirote” tal y como retrata magistralmente Paco Robles en el libro así llamado.
Y es que me gusta la Semana Santa todo el año, flipo cuando un paso cambia el sobre los pies por un costero, alucino con un cortejo de nazarenos bien formado, entro en éxtasis al paso de una cofradía de silencio, cuando el ídem se hace sepulcral a su alrededor en estos tiempos tan bulliciosos y poco dados a la reflexión y a la meditación.
Y no tengo bastante con siete días, necesito toda una Cuaresma y pico previa y después buscar procesiones extraordinarias y de gloria, ir de besamanos. Veo videos de cofradías en la oscuridad de mi salita de estar quemando incienso, necesito comer torrijas de tanto en tanto, ya sea en Punta o entre polvorón y polvorón, y lo que es más grave, no puedo evitar pensar “ya queda menos para matarlo” cuando veo un portalito de Belén. Lo reconozco yo, como tantos otros, soy un caso perdido.
Y es que en vez de alegrarme me pongo melancólico el Domingo de Resurrección y hasta me pongo de mala leche cuando me felicitan la Pascua. Cuando miro por encima del ropero y veo allí, aparcado hasta que Él quiera, mi viejo capirote cogiendo polvo con el costal que lo ha sustituido unos años, siento un no sé qué por dentro. Ahora, por ejemplo, me vienen recuerdos de noches de invierno, cuando un grupo de amigos, de compañeros, sacamos a pasear unas estructuras de hierro (o madera, que para el caso es lo mismo) a la espera que se conviertan en pasos el Día, sí, el Día, el Día en mayúsculas, que siempre es radiante, luminoso, especial, único. El Día que la ciudad nos presta calles y plazas para gritar de ese modo tan especial lo que somos y lo que sentimos y se lo queremos contagiar a nuestros conciudadanos, y entonces nos dirigimos al corazón de la ciudad para allí renovar ese ritual en el que, entre otras cosas y como cada año, nos entregamos a ella, a nuestra ciudad, desde los barrios más cercanos o más lejanos, que eso da igual.
Sé que muchos no nos comprenden, que algunos nos critican y hasta unos pocos nos insultan. No voy a pedirles que se pongan de este lado, no serviría de nada. Pero como cada uno es como es, y en la tolerancia está la base de toda convivencia. Además, los pueblos han de seguir fieles a su legado, ya que los que carecen de tradiciones carecen de esencia, de alma, no se reconocen a si mismos, quizá por aquello de que quien ni mira a su pasado no es capaz de vivir el presente ni de preparar el futuro.
Y otra vez seremos los “capillitas” quienes veamos a otras usar y disfrutar de los espacios comunes que nos ofrece la ciudad, en manifestaciones y vivencias diversas, que a lo mejor ni comprendo ni entiendo. Pero a quien Dios se la de, San Pedro se la bendiga.
Para terminar, una frase a propósito de estos tiempos que nos han tocado vivir y que oí el otro día en televisión: “Si quieres ser global, primero habla de tu aldea”.