Saturday, March 10, 2007

El conde-duque de Olivares (resumen del libro de John Huxtable Elliott)

Don Gaspar de Guzmán y Pimentel, conde de Olivares y duque de Sanlúcar la mayor, dirigió la política española durante la mayor parte del reinado de Felipe IV, los últimos años del predominio mundial español, como define Elliott esta época. El conde-duque fue uno de los políticos más influyentes en el panorama político internacional de su tiempo. Con una enorme capacidad de trabajo y sacrificio, a la par que con una intuición política sin parangón, fue capaz de dirigir la política española en uno de los momentos más delicados, con continuas guerras en Europa y una Castilla, principal mantenedora del imperio ante la indiferencia y desidia de los demás reinos hispánicos, exhausta.

Para entender la labor de Olivares, será imprescindible que tengamos en cuenta su vida anterior a convertirse en el valido de Felipe IV. En primer lugar no pertenecía a una de las principales familias nobles del reino, sino a una de las ramas más recientes de la casa de Guzmán, siendo una constante de su padre y su abuelo –primer conde de Olivares en 1535- hacerse, aunque sin éxito, con la fortuna de la casa de Medina Sidonia. Pero además, don Gaspar no era ni siquiera el primogénito de su casa, sino el tercero de los hermanos, por lo que en un principio no estaba destinado a suceder a su padre y entrar en política, sino a la carrera eclesiástica. Ello le permitió gozar de una formación universitaria muy poco frecuente en la nobleza de su época.

Dentro de su formación también es importante tener en cuenta los continuos viajes por el extranjero en su infancia, lo que también era poco frecuente a la par que enriquecedor culturalmente. Su Padre, don Enrique de Guzmán, era diplomático de Felipe III y el propio Gaspar había nacido en Roma siendo su padre embajador ante el Papa Sixto V,  no llegando a la península hasta tener la edad de 14 años.

Su padre fue muy cuidadoso con la educación de su tercer hijo, una educación integral que concedía igual importancia a la formación cultural, física –practicaba hípica y esgrima- y religiosa. Le envió a estudiar a la universidad de Salamanca con 14 años. Esta universidad era la más importante de su tiempo y en ella don Gaspar llegaría a ser rector –en esa época este cargo lo ocupaba el estudiante de familia más eminente y con mejores resultados académicos- siendo este uno de los periodos de su vida personal que más le marcarían y de los que siempre guardó un grato recuerdo. Junto al joven don Gaspar su padre envió a diecinueve criados con instrucciones muy estrictas acerca de la formación que debía recibir su hijo y de la cual hacía responsable a la vez que partícipe. De su etapa como rector será de la que se sienta más orgulloso a lo largo de su vida.

De esta etapa Olivares adquirirá, además de conocimientos muy útiles en ambos derechos, civil y eclesiástico, su reconocido gusto por las letras –no en vano, estando ya en el gobierno de su majestad llegó a hacerse con una de las más importantes bibliotecas privadas de su tiempo- y conoció a algunos de los grandes eruditos de su generación. Pero quizá el conocimiento más importante de los que adquirió, y en ello fueron parte decisiva las instrucciones que su padre entregó a los criados que lo acompañaron a Salamanca, fue la retórica, el arte de hablar en público y debatir, alcanzando una destreza que lo harían muy popular. En cuanto a su personalidad, era bastante compleja y un tanto difícil para los que le rodeaban. Fue un hombre de un gran temperamento, hiperactivo y ambicioso, sediento de adquirir nuevos conocimientos que pudieran serle útiles. No gustaba de dejar nada al azar, le gustaba de controlarlo todo personalmente. Se dice de el que quería serlo saberlo y hacerlo todo.

Siendo rector en Salamanca falleció su hermano mayor, Jerónimo,  segundo de los hermanos, cuando Gaspar contaba con 21 años. De este modo, y en contra de lo esperado, se convierte en heredero al condado de Olivares, por lo que su padre lo manda llamar a Valladolid donde recibiría formación cortesana. Sería en 1607, con tan sólo 20 años, cuando se convierte en el tercer conde de Olivares y comienza la tarea inacabada por su padre de lograr para su familia la honra y fortuna de los duques de Medina Sidonia.

Al heredar el título de su padre, gasta una enorme fortuna en cortejar a su prima Inés de Zúñiga, dama de honor de la reina Margarita. Con este matrimonio planeaba una doble estrategia. Por un lado unía las dos ramas menores de los Guzmán, y por otro se acercaba a la corte, y por tanto a sus ambiciones de las que su esposa se mostró una colaboradora eficaz y una confidente fiel. Pero en un primer momento no logra obtener un cargo que le permitiera hacer carrera en la corte, lo que unido a los gastos que ocasionaba vivir en la misma tuvo que alejarse por un tiempo, hasta 1615, retirándose a Sevilla donde puede poner orden en sus negocios y continuar con su formación a través de lecturas reposadas por su ya mencionado afán de adquirir conocimiento, aunque lo hacía de un modo un tanto irregular e indisciplinado.

En 1615 consigue su ansiado cargo en la corte. Con 28 años es nombrado gentilhombre de cámara del príncipe Felipe, futuro Felipe IV, lo que fue primordial para su carrera política. Su influencia sobre el joven príncipe fue notable, aunque en un principio suscitó rechazo en el heredero por su fuerte carácter,  sus continuos cambios de humor y su poco agraciada presencia física y su salud enfermiza. Sufrió continuas humillaciones y desaires por parte del joven príncipe al que Olivares le daba la impresión de ser una persona extravagante. Pero a pesar de este rechazo inicial y a la dura competencia entre los cortesanos por ganarse el favor del príncipe, Olivares, con su gran capacidad de trabajo y para alagar al príncipe, supo hacerse poco a poco con un lugar de preferencia en el séquito.

La caída del duque de Lerma, valido de Felipe III, supuso un cambio en la posición personal de Olivares, quien buscando apoyos para su causa los encontró en Fernando de Acevedo, el arzobispo de Burgos y, sobre todo, en don Baltasar de Zúñiga, su tío y persona de gran prestigio en la corte por los servicios prestados a la corona y su gran formación política e intelectual, quien estaría llamado a ser sucesor de Lerma en el gobierno cuando en marzo de 1621 fallece Felipe III y el nuevo e inexperto rey toma entre primeras medidas, según parece a instancias de Olivares, a nombrar al veterano Zúñiga, de 70 años, quedando don Gaspar, de 34 y aun con poca experiencia política y administrativa, entre bastidores. Parece que no quería estar, al menos de momento, en primera línea de la política.

A los diez días de la llegada al trono de Felipe IV finalizó la tregua de 12 años con las provincias holandesas, estando los nuevos dirigentes españoles menos interesados en mantener la paz que la administración Lerma, lo que si bien beneficia a la corona hispánica en cuanto a su prestigio, cuestión de primordial importancia para los hombres de la época, deja a Castilla con un deterioro económico aun mayor que el que heredaba. En la época de Felipe IV, hay un deterioro político y económico sucediéndose las Bancarrotas, en 1627, 1643, 1656 y 1664. Situación que Olivares sabría, por lo menos, disimular convenientemente cuando llegara al gobierno. Pero por el momento estaba en un segundo plano tras el carismático Zúñiga, el cual le formaría en el arte de gobernar mientras se afianzaba aun más su posición en palacio.

La aspiración de Zúñiga, y también la de Olivares, era volver a la situación de Felipe II, restaurar a toda costa la reputación de España, afirmar los derechos e intereses del rey sin dudar en recurrir a la guerra si se consideraba necesario. Olivares fue un digno discípulo de su tío y siguió fielmente sus planteamientos de revitalización de la monarquía hispánica, labor a la que estuvieron por completo entregados, aunque con el aspecto negativo que con su actitud y actuaciones habían alertado a los potenciales enemigos de España.

El 7 de octubre de 1622 fallece don Baltasar de Zúñiga. Todo parecía indicar que su sobrino lo sucedería en el cargo, pero contrariamente a lo que se daba por seguro en la corte, Olivares rechaza el cargo aceptando en cambio otros puestos como un lugar en el Consejo de Castilla. Se nombra un triunvirato para que se hiciera cargo de las decisiones del poder, tras del cual aparecía la sombra de Olivares. No parecía muy interesado en ocupar el cargo de valido para evitar cualquier comparación con Lerma. Pero la situación aceleró la necesidad de que Olivares ocupara el cargo de ministro principal del rey, cuando a finales de 1623 viene a España en visita oficial del príncipe de Gales con el duque de Buckinghan, principal ministro del rey inglés. Hacía falta que en esta visita Buckinghan se encontrara con un equivalente español, y el candidato idóneo tanto por su preparación como por la confianza del rey era Olivares. Con esta visita vemos como enseña que este fenómeno del valido no es únicamente hispánico, ya que el Conde-duque pertenecía a la generación de consejeros reales que se prodigaba en toda Europa, como el mencionado Buckinghan en Inglaterra o el cardenal Richelieu en Francia. Olivares, como ellos, cree en las grandes posibilidades que ofrecía una organización más racional del Estado, y reflejó en su programa político en este empeño. Así pues, Olivares se plantea el comenzar las reformas desde arriba del Estado, hasta alcanzar al menos el nivel de esplendor logrado con Felipe II. La visión de éste era la de una sociedad Justa y equilibrada.

Durante los primeros años del reinado de Felipe IV, este mostraba poco interés por los asuntos de Estado, prefiriendo delegar en Olivares, quien aliviaba al joven e inexperto rey con su infinita capacidad de trabajo y trato diligente. A la vez de servir a su rey, lo instruía. Por ello gozaba de acceso directo a su persona, además de su gratitud traducida en honores y prebendas. Pasados los años y tras varios disgustos personales serios, caso de la pérdida de su hija en 1637, Olivares está cansado mentalmente, su trato es cada vez más difícil con continuos y cada vez más fuertes cambios de humor y además Felipe IV se muestra cada vez más desenvuelto en tareas de gobierno, para lo que Olivares se había preocupado mucho de su formación. Pero a pesar de eso, sigue al frente del gobierno ya que su capacidad de trabajo sigue siendo asombrosa y porque sus dotes adulatorias le permitieron poder seguir gozando del favor del rey, lo único que realmente lo mantenía en el poder.

A lo largo de su gobierno, Olivares sostuvo el ideal castellano de  gobierno conciliar, pero decidido a que la política fuera la suya, para lo que necesitaba, además de partidarios en puestos clave, demostrar que su programa de gobierno estaba bien fundamentado. Pero para crear un sistema acorde a sus ideales necesitaba tiempo. Necesitaba situar a sus partidarios en puestos claves cuando la ocasión lo propiciara, y para ello en ocasiones debía recurrir a las criticadas prácticas de Lerma.

Existe una dicotomía en su programa de gobierno; por una parte, pretende volver a la misma situación del siglo XVI: una sociedad estamental tradicional, así como normas y valores tradicionales propias de la misma. Pero por otra, una regeneración económica exigía cambios radicales en la sociedad. En este empeño Olivares encontró fuertes oponentes, sobre todo por parte de una nobleza que se vio amenazada. Tuvo un intento de reformar a este estamento nobiliar con la fundación del Colegio Imperial para la educación de los jóvenes nobles, formación militar, geográfica, técnica, mecánica, etcétera. En este aspecto habría que recordar la importancia que Olivares le daba a la formación por su propia experiencia vital. Pero este fue un proyecto educacional resultó fallido. Por otro lado acabó con la exención fiscal de las capas altas, al menos en la práctica, con los donativos forzosos y el resurgir de las viejas obligaciones feudales.

Impulsado por la guerra contra los rebeldes holandeses, Olivares decide reforzar el poderío naval español, para lo cual se resucita a la Junta de Armadas, haciéndose necesario recurrir a expertos en marina. Paralelamente y de acuerdo a las pretensiones de los mercantes se intenta fomentar el comercio, albergando la esperanza de un desarrollo mercantilista en España. Pero debido a la guerra estas esperanzas se ven frustradas, así como a la resistencia de las ciudades a perder sus privilegios si se creaba un sistema bancario nacional que consideraban les resultaría oneroso.

Olivares intenta poner orden en el complejo sistema fiscal y económico hispano, así intenta equiparar los gastos e ingresos de la hacienda, pero las dificultades de lograr recaudar más dinero sin agravios eran demasiadas, y no fue la única reforma a la que tuvo que renunciar el conde-duque, quien llegó a suscitar desconfianza entre los sectores más ilustrados y emprendedores de la sociedad urbana castellana a quienes debían dirigirse estas medidas.

En política exterior, el hecho más notable de estos años sería la Guerra de los 30 años, una guerra en la que se ve envuelta Europa entera en la que se enfrentarán el imperio de los Habsburgo austriacos, defensores de la causa católica, y con apoyo de la monarquía hispana, contra las potencias protestantes: Dinamarca, Suecia, Holanda e Inglaterra y otras potencias igualmente católicas, pero enfrentadas al imperio y a España por cuestiones políticas,  Francia, Saboya y Venecia.

Entre 1626-29, los ejércitos Imperiales y españoles, mandados por Wallensteín y Tilly, habían derrotado a Cristian IV de Dinamarca obligándole a firmar la paz de Lübeck. Surge ahora un enemigo importante: Gustavo Adolfo de Suecia, con éste el ejército sueco logra una gran victoria en Lützen, donde pierde la vida su jefe. Al tiempo Wallenstein es asesinado. España manda a don Fernando, el Cardenal-Infante, hermano del rey, es cual obtiene una gran victoria en los llanos alemanes de Nördlingen Se firma la paz de Praga, con la que finaliza el tercer periodo de la Guerra de los Treinta Años.

Dentro de este conflicto también se distingue un conflicto latente entre una pujante Francia que estaba resolviendo sus problemas internos y se estaba haciendo un lugar preeminente entre las potencias europeas gracias a los esfuerzos del primer ministro, el cardenal Richelieu, y una decadente España en la que los problemas internos eran cada vez mayores a pesar de los esfuerzos de Olivares. Las esperanzas hispanas se centraron en una guerra corta, y para ello era necesario un avance fulminante sobre París, el cual parece ponerse al alcance de las tropas españolas en los primeros momentos de la guerra aunque fracasó por la ausencia de una ayuda demandada en su momento a España, donde también se estaban haciendo cada vez más acuciantes los problemas económicos. Hacía falta dinero y Olivares, en contra de su propio criterio puso en marcha todos las recursos, tales como la acuñación de más monedas de vellóncon riesgo de caer en la Inflación. Pedir a las Cortes  un tributo extraordinario de nueve millones de ducados, además de donativos nacionales.

Durante algunos años Olivares pudo mantener el equilibrio, pero las cuantiosas pérdidas fueron acabando con el poderío español, hasta 1640, año en el que estalla en España las guerras internas que acabarían por despojarle de su predominio sobre Europa.

El mayor problema de España es que toda la carga, tanto fiscal como militar, la soportaba Castilla. Olivares era consciente de ello, y para ello quiere hacer partícipes a los demás reinos y territorios hispanos, demasiado aferrados a sus fueros y privilegios, partícipes de este esfuerzo. El problema está en que estos reinos se mostraban en todo momento recelosos con lo que desde la corte se les indicaba, temerosos de caer en un centralismo castellano, ya que se contemplaba a Castilla como monopolizadora de la política y de la corona. Estos territorios eran reinos sin rey, con un rey sólo de Castilla y nominalmente de sus territorios, alejado, y no sólo físicamente, de las identidades y necesidades de esos otros súbditos.

A este problema Olivares intenta poner solución mediante la Unión de Armas. Pensaba el conde-duque, desde una óptica eminentemente castellana, que estos reinos tendrían la misma necesidad que Castilla en defender a su rey en las numerosas guerras en las que se hallaba envuelto por Europa. De este modo, pensaba Olivares, Castilla podría aliviarse de las cargas que padecía y los demás reinos, al verse tenidos en cuenta en la política internacional de su rey con sus propios ejércitos, se sentirían más partícipes de las grandes decisiones del reino. Pero no tuvo en cuenta las enormes reticencias que estas medidas suscitarían en estos reinos, dándose el caso que el Consejo de Portugal se negó a enviar tropas para liberar Brasil, colonia suya, de los holandeses que se habían adueñado de ella.

Lo que no pudo tener en cuenta Olivares es que a diferencia suya, los naturales de estos territorios no sentían con el mismo entusiasmo la lealtad por su rey. Los naturales de estos territorios, por encima de la lealtad a su rey, comienzan a sentir lealtad por su nación, aunque este concepto fuese todavía algo impreciso. Esta idea empieza a conformarse en esta época como una identidad grupal, vinculada a un determinado territorio a la que irían virando las lealtades de sus habitantes dejando de lado a un rey que sienten cada vez más lejano. Al conde-duque no se le podría calificar como patriota ni nacionalista ni otro término parecido porque sencillamente toda su lealtad iba encaminada a su rey. Para él  la idea de una lealtad distinta a la del rey, a una persona física que encarna unos determinados valores no es concebible.

A lo largo de la década de 1630 las revueltas en el resto de reinos peninsulares se irán haciendo más frecuentes, llegando a su punto álgido en 1640, cuando Portugal y Cataluña se levantan en pos de su independencia.  Cataluña y Portugal, gozaban en esos años de prosperidad económica en contraposición a Castilla, temiéndose sus élites que de seguir unidos a Castilla deberían esperar un empobrecimiento progresivo, hasta alcanzar la miseria a que había llegado Castilla.

 

En Portugal se produce, esencialmente, un movimiento de elites, aunque también contó con el inestimable apoyo popular. Se produce una rápida y sorpresiva sublevación en la que participan la mayoría de las casas nobiliarias portuguesas con un considerable apoyo popular, que la hacía difícil de contener. Cuando llegó la noticia de la rebelión a Madrid, el duque de Braganza era ya Juan IV de Portugal.

En Cataluña se produjo una revuelta popular de campesinos que se fue extendiendo por las ciudades. Comienza por un levantamiento campesino en las calles de Barcelona ,el llamado Corpus de Sangre. Este levantamiento se debe, entre otras cosas, al descontento provocado por la concentración de soldados extranjeros en Cataluña para acudir a las guerras europeas.

Como intento para sofocar el movimiento, Olivares nombró virrey a un catalán, el duque de Cardona, tras el asesinato del anterior virrey, el conde de Santa Coloma, pero su medida que no sirvió de nada y los sublevados llegan incluso a pedir ayuda a Francia y en compensación nombran a Luis XIII conde de Barcelona.

Pero además de estas dos revueltas, había otras en la Península:Andalucía se levantaba en conexión con Portugal, de manos del duque de Medína-Sidonla y del marqués de Ayamonte.

También en Aragón hubo revueltas, con el virrey a la cabeza y el duque de Bajar junto con Carlos Padilla, en conexión con el alzamiento Catalán.

Las revueltas de Sicilia y Nápoles fueron posteriores a 1640, año en que cayó Olivares y era sustituido por el conde de Haro, quien tenía la difícil tarea de poner fin a los alzamientos internos y alcanzar la paz.

El rey hispano ya no debía luchar por su hegemonía en Europa, sino por su unidad interna. Por primera vez desde la Reconquista, España tenía dos frentes internos peninsulares. Esto es significativo de la crisis sin precedentes a la que debía enfrentarse la monarquía hispana y a su pérdida de peso,tanto a nivel interno como externo.

1640 marcaría el principio de su declive. Las revueltas secesionistas por un lado y el descontento popular y en la alta nobleza contra el valido por la acumulación de cargos en su familia facilitaron la conspiración del duque de Medina-Sidonia y otros nobles de la corte, donde se había quedado sin apoyos. Tras el fracaso de la expedición real a Cataluña en 1643 se le ordena salir de la corte, viéndose obligado a marchar a Toro, donde residía su hermana Inés, marquesa de Alcañiz. Allí murió en 1645 sin dejar descendencia directa, extinguiéndose con él su rama familiar.

Posted by Juan A. Sánchez at 21:04:15 | Permalink | No Comments »