Saturday, April 28, 2007

“Grandes” obras

Huelva, la ciudad más antigua de occidente según los arqueólogos e investigadores que investigan a fondo su pasado, que lo comprueban con sus hallazgos y que ven en los vestigios enterrados que vivimos en un poblamiento urbano ininterrumpido de hace milenios.

Pero paseando por esta, mi ciudad, a la que quiero con locura, no puedo ver esa antigüedad por ningún lado. Allá por donde vaya me encuentro sólo con construcciones modernas y muy pocos edificios históricos y casi todos modernos, y no pocos de ellos carentes de gusto estético. Especialmente en zonas más sensibles para ello como el casco histórico, al que casi le han borrado su nombre.

Ojo, no es que me parezca mal que se construya, eso es señal de dinamismo en una ciudad. Lo que me parece fatal es que según que zonas no se respete una arquitectura tradicional que refleje nuestra Historia, nuestra manera de ser, en definitiva nuestra idiosincrasia como ciudad. Ni siquiera –recalco- en el casco histórico.

Ahí tenemos el ejemplo de la plaza de las Monjas –y menos mas que se llegó a parar ese “triangulus” que la pretendía convertir en un descampado de hormigón y hierros retorcidos-, en la que no sé por que concepto artístico que dicen tener los arquitectos, se la despoja de casi todo su encanto, sustituyendo por ejemplo la fuente de mármol –si no lo era daba el pego la mar de bien- por una piscinita tipo jacuzzi del mismo tipo de azulejos que unos aseos públicos que usé ayer mismo (verídico) con sus chorritos hidromasaje y todo. Todo el la plaza principal de una ciudad de primera categoría como Huelva –y no sólo por el Recreativo-, que por unos pocos iluminados que no pasan de decoradores de segunda y un puñado de políticos que se lo consienten todo por un puñado de fotos con los que mendigar un puñado de votos estamos perdiendo categoría a pasos agiganados.

Si no se salvan ni las farolas. No tienen ni sentido de la mesura, en las calles que rodean esta plaza recién peatonalizadas ponen unas farolas modernas que no conjugan con las clásicas de la misma plaza, vamos, que no pegan ni con cola. Eso sí, en la plaza de los Niños Bosnios, en La Orden, dónde sí podían quedar muy bien ese tipo de iluminación, van y ponen una gran farola en el centro, de fundición y cuatro brazos. Un diseño de ciudad entre cutre y hortera, por no decir otra cosa.

Y que no se empiecen a frotar las manos los políticos de la oposición, que este mal, Huelva lo padece de antiguo. Y así, cuando la oposición era gobierno, ya se hacían auténticas barbaridades, caso de la plaza de la Soledad, desprovista del más mínimo encanto salvo para hacer botellones, cuando aún dejaban, o el parque Alonso Sánchez del que ahora la alcaldable socialista promete hacer no sé sabe cuántas mejoras. Pero si primero le quitan los edificios que había, de algún mérito según creo, y luego no le ponen un parquecito donde jugar los chiquillos y casi se limitan a poner cuestas y alicatar el cabezo, no sé cómo le quedaría. En fin, confiemos en que si llega a gobernar alguien la ilumine.

Y no os doy más el coñazo con este tema que me hierve la sangre. Prefiero no hablar de la plaza de la Merced, ni de 12 de octubre, ni de los edificios horribles que en su día construyeron encima de lo que habían sido palacios (calle Puerto, por ejemplo)…. A fin de cuentas, y aunque sólo sean de momento algunas anécdotas, parece que por fin algo está cambiando a orillas del Tinto y del Odiel y parece que se empieza a considerar, aunque sólo sea un poquito, nuestra Historia.

Bueno, me voy a dar un voltio por la plaza de San Pedro, a la que parece que todavía nadie ha amenazado con “arreglar”. Dios quiera que le dure el indulto. Aunque con la iglesia no fueron tan benévolos; ¿alguien sabe dónde fueron a parar los azulejos que había en su fachada –históricos por otro lado- o en qué se ve que fue restaurada hace poco?. En fin, que lo dejo que me vuelve a hervir la sangre.

Posted by Juan A. Sánchez at 11:15:40 | Permalink | No Comments »

Saturday, April 14, 2007

Mi Iberismo (por José Saramago)

Este es sólo el prólogo de un libro, el libro de César Antonio Molina “Sobre el Iberismo y otros escritos de literatura portuguesa”. Un libro que aún no he tenido la fortuna de leer -Molina, César Antonio: Sobre el iberismo y otros escritos de literatura portuguesa. Ediciones Akal. Madrid, 1990- y un prólogo que he encontrado por casualidad en internet buscando algo sobre otro libro que sí disfruté hace algún tiempo, La balsa de piedra, precisamente de Saramago. Pero volviendo a estas líneas que hoy comparto con vosotros, son unas líneas geniales del escritor vecino que me ha parecido oportuno poner aquí para que todos vosotros también las podáis disfrutar. Eso espero:

No es esta la primera vez que me pregunto sobre las causas y circunstancias que, en estos últimos años de mi vida, me han convertido en casi obligada referencia, por parte portuguesa, siempre que sale a la luz la vieja cuestión del iberismo. Pero ésta será, en efecto, la primera vez que intentaré encontrar una respuesta que, al tiempo que satisface mi propia ilustración de los hechos, pueda servir para delimitar, con suficiente claridad, la reducida área en que, tal vez, se está aplicando, directa o indirectamente, en estas materias especificas, la noción del escritor que soy. Quiero prevenir, al hacer estas salvedades, que cualquier identificación que se haga de mi trabajo literario o de mi intervención cívica y política con un cuerpo de doctrina, plan de acción o una estrategia que apunten al resurgimiento o a la reactivación de la cuestión ibérica tendrá que plegarse, o al menos no ignorar, los argumentos y precisiones aquí expresados.

Como cualquier otro portugués antiguo y moderno, fui instruido en la firme convicción de que mi enemigo natural es, y siempre habría de serlo, España. No atribuíamos demasiada importancia al hecho de que nos hubiesen invadido y saqueado los franceses, o que los ingleses nuestros aliados nos hubieran explotado, humillado o gobernado: esos no eran más que episodios históricos comentes que teníamos que aceptar de acuerdo con las reglas de un relativismo práctico, ese que precisamente nos enseña a relativizar, esto es, a tener paciencia. Absoluto, lo que se dice absoluto, desde nuestro punto de vista de portugueses, sólo el rencor al castellano, sentimiento llamado patriótico en que fuimos infatigables en el transcurso de los siglos, lo que, quién sabe, nos habrá ayudado por el rechazo y por la contradicción, a formar, robustecer y consolidar nuestra propia identidad nacional. No afirmo que las cosas hayan pasado así, es solamente una idea que se me ha ocurrido al socaire de la escritura. Como tampoco afirmo que sea verdad que a todo esto España se haya limitado a responder con absoluta, no relativa, indiferencia, o incluso con algún menosprecio, por añadidura. El alma de los pueblos, si es que soy yo mismo capaz de entender lo que eso quiere decir, no es seguramente menos compleja que aquella que el simple individuo lleva consigo en su única y simple vida.

Este sistema organizado de malquerencias y desconfianzas, cuántas veces paralizador, no me impidió, como tampoco impidió a otros portugueses, interesarme muy de cerca por la cultura española, en especial la literatura y la pintura. En distinto plano, también alenté siempre la curiosidad por saber qué pensaban los españoles de sí mismos (y unos de otros) a lo largo de los tiempos y, poco a poco, puede salir de una visión histórica generalizada para llegar a la apreciación dinámica de las diferencias; creo que he empezado a comprender mejor a España conforme iba reconociendo e identificando, en la plenitud de su expresión, las diversidades nacionales que veía emerger de la unidad estatal, lo que resultó, por último, supongo que por un proceso no completamente consciente, una forma de apagamiento subversor de la imagen de España adquirida por vía pasiva a favor del surgimiento irresistible de una constelación socio-histórico-cultural pluriforme, literalmente fascinante. Claro que nada de lo que estoy escribiendo es nuevo: como yo, lo han experimentado todos aquellos que se han acercado a España despojados de ideas preconcebidas, o suficientemente vigilantes como para esquivar los daños que éstas suelen causar a los incautos. Pero, efectivamente, algo vino a modificar mi relación, primero con España, después con la Península Ibérica en su conjunto (lo que equivale a decir que yo empezaba a lanzar sobre mi propío país una mirada diferente): la evidencia de la posibilidad de una nueva relación que sobrepusiera al diálogo entre Estados, formal y estratégicamente condicionado, un encuentro continuo entre todas las nacionalidades de la Península, basado en la búsqueda de la armonización de los intereses, en el fenómeno de los intercambios culturales, en fin, en la intensificación del conocimiento.

No soy tan ingenuo como parece, y en este caso menos que en cualquier otro. Esta concepción abierta de los hechos peninsulares tenía que chocar inevitablemente, y sobre todo por parte de España, con una indignada y muy patriótica resistencia, pues se objetaría que en el «caldo» ibérico así preconizado, se habría de disolver la, desde siempre trabajosa, unidad de los Estados, peligro del que, como sabemos y sin temor alguno a la paradoja, acabamos de ponernos a salvo, portugueses y españoles, gracias a la integración en la Comunidad Económica Europea, escrupulosa a más no poder en lo que se refiere a salvaguardar las identidades nacionales y otros soberanos pruritos de sus miembros… Cuando, por fin, había encontrado ya mi Península Ibérica, en ese momento, la perdía. Intenté mirar más allá de la frontera y comprender lo que hasta los Pirineos se extendía, y cuando apenas me había empezado a acostumbrar al deslumbramiento de esa nueva visión, acudían los políticos que gobiernan en mi país (otros que también me gobiernan no están aquí), acudían, repito, a enseñarme que tales visiones eran anacrónicamente cortas, que si yo quería ser un hombre de mi tiempo tenía que pasar a jurar por Europa, aun no sabiendo exactamente, ni yo ni ellos, qué Europa es ésa que tan bien parece querernos. En resumen: ser ibérico equivalía, o equivale, a rozar peligrosamente la traición, ser europeo representa el toque final de la perfección y la vía ancha para la felicidad eterna.

Ahora bien, coincidiendo más o menos con estas desventuras espirituales, y probablemente también por efecto reflejo de la decepción sufrida al querer llegar a un entendimiento más sensible del pequeño y desde ahora frustrado universo ibérico, volví los melancólicos ojos hacia América Latina donde, a pesar de la cúpula magnífica de la lengua del imperio económico, se sigue hablando y escribiendo en portugués y en castellano. No se trata, claro está, de un descubrimiento repentino, de un hallazgo, de un encuentro de civilizaciones; los escritores de allá, tanto prosistas como poetas, no me eran desconocidos y sabía lo bastante de la historia de aquella inmensa parte del mundo como para no desmerecer en una conversación entre amigos o en un debate público a modesto nivel en cuanto a geografía, debido a mi insaciable curiosidad cartográfica, soy capaz de poner un dedo exacto, sin dudar, en cualquier país que, como test de conocimientos básicos, se me proponga. La diferencia de esta nueva mirada era que una especie de conmoción, un presentimiento, un alborozo incontenible del espíritu me estaban insinuando que la propia Península Ibérica no podrá ser hoy plenamente entendida fuera de su relación histórica y cultural con los pueblos de ultramar y que, de seguir la actual tendencia a la relajación de las capas profundas que nos siguen vinculando a ellos (no confundir con aproximaciones políticas y económicas subordinadas, casi siempre, a intereses de terceros), nosotros, los peninsulares, acabaremos en la incómoda situación de quien, habiéndose sentado en dos sillas no sabe cuál de ellas le ofrece más seguridad, siendo cierto, por otro lado, e insistiendo en la metáfora, que el problema de la identidad de quien así se sentó, no saca provecho de la inestabilidad subsiguiente, al precario estatuto, adoptado del que no supo escapar, cuando todavía estaba a tiempo. Quiero decir, en fin, que esta Península, que tanta dificultad tendrá en ser europea, corre el riesgo de perder, en América Latina, no el mero espejo donde podrían reflejarse algunos de sus rasgos, sino el rostro plural y propio para cuya formación los pueblos ibéricos llevaron cuanto entonces poseían espiritualmente bueno y malo y que es, ese rostro, así lo creo, la mayor justificación de su lugar en el mundo. Admitiría que América Latina quisiera olvidarse de nosotros, sin embargo, si se me permite profetizar, preveo que no iremos muy lejos en la vida si escogemos caminos y soluciones que nos lleven a olvidarnos de ella.

Aunque sin concluir, debo terminar. Escribiré sólo las dos palabras que tengo fijas en el espíritu y que condensan este manojo de ideas desglosadas en concepto: trans-iberismo. Sospecho que hay en ellas la promesa de algo más que un enunciado no carente de sentido lógico. Dicho esto, yendo más allá de la pregunta inicial y proponiendo una nueva, concluyo finalmente: ¿El iberismo está muerto? Sí. ¿Podremos vivir sin un iberismo? No lo creo. Reconozcamos que no iríamos muy lejos por el camino que nos deberá conducir a una amplia y más productiva comprensión de las cuestiones del iberismo, tanto en su expresión local y actual cuanto en sus futuras manifestaciones dentro y fuera de La península, si no empezásemos por conocer a fondo, de un modo crítico y objetivo, el solar literario ibérico. Nos perderíamos, como sucedió tantas veces en el pasado, en los embelecos de una retórica vacía y oficialista, que sería la responsable de los nuevos malentendidos que llegaran a sumarse y a agravar los antiguos. Gracias a los rigurosos y diversificados estudios e indagaciones de César Antonio Molina, reunidos en este libro, la cuestión ibérica, cualitativamente valorada, recobra ahora fuerza y actualidad. Sólo aquellos que todavía se mantienen asidos a prejuicios nacidos de un nacionalismo más defensivo que racional, más hecho de mesianismos que de objetividad, porfiarán en cerrar los ojos. Pero esos, si alguna vez los llegan a abrir, se hallarán, ese día, inmovilizados en la historia, solos.

Posted by Juan A. Sánchez at 23:44:21 | Permalink | No Comments »