Saturday, September 29, 2007

Un Partido Nuevo

Hoy, en torno a las 12, se ha presentado en Madrid el que era desde hace tiempo un anhelo de muchos españoles. Una nueva fuerza política que medie en el ambiente tan crispado de los últimos años y pueda servir de “bisagra”, pudiendo al fin quitarle ese papel a formaciones con una presencia exagerada en el Parlamento por defectos en el sistema electoral y que para colmo de males, ni creen en España ni le tienen el más mínimo aprecio ni respeto.

Un rayo de esperanza color magenta comienza a abrirse paso en el panorama político, a poco más de cinco meses para las elecciones, por lo que el camino será aún más duro si cabe, ya que a la beligerancia que en circunstancias normales pudiera despertar en los partidos mayoritarios, el ambiente pre-electoral aumentará el recelo por los posibles votos que pudiéra restarles la nueva formación. Votos decepcionados con populares y socialistas porque sólo saben -al menos es lo único que hacen- parapetarse detrás de vacíos discursos demagógicos y desentenderse de los problemas reales de los ciudadanos, cuando no los empeoran.

No es nada fácil la tarea que tiene por delante Unidad, Progreso y Democracia que es como se llama ya el nuevo partido. Tiene por delante que hacer frente a una democracia devaluada, a una sociedad cabreada y cansada y a un país cada vez más dividido, donde cada vez somos menos libres e iguales ante la ley y las instituciones.

Es largo el camino por andar, y hay que andarlo despacito, sin prisas pero sin pauda, aunque suene a tópico. Asentándose bien en el movido terreno político. De todo ello son conscientes sus militantes y para ello llevan tiempo trabajando desde la Plataforma PRO y son realistas en sus pretensiones iniciales, sabiendo que será complicado obtener escaños en las Cortes Españolas y en el Parlamento Andaluz. Pero ya lo dice Rosa Díez, con dos ó tres podemos darnos por satisfechos.

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Sunday, August 19, 2007

Sobre la Real Sociedad Colombina Onubense.

A unas semanas vista de las pasadas Fiestas Colombinas y todos los actos, conmemorativos del 3 de agosto, quisiera hacer una reflexión, una pregunta abierta a quien pueda y quiera responder: ¿Qué es la Real Sociedad Colombina Onubense?. Me explico. Desde siempre este grupo o asociación ha estado muy vinculado a las Fiestas Colombinas, desde su creación allá por 1880 y están presentes en varios de los actos en un lugar preeminente.

Pero, ¿Qué hacen el resto del año, qué actividades organizan, se puede entrar a formar parte de la misma?. Y además, dado su marcado carácter americanista del que hacen gala, ¿colaboran con la Universidad en alguna actividad americanista?, porque de no ser así sería una lástima. La Universidad de Huelva recibe frecuentemente a alumnos y profesores del otro lado del “charco”, y lo mismo la Sede Iberoaméricana que la Universidad Internacional de Andalucía tiene en La Rábida. Todo un potencial para una ciudad como la nuestra que tiene en la partida de las naves descubridoras del almirante Colón uno de sus referentes históricos principales.

Quisiera que alguien me respondiera a estas preguntas, porque, aparte de algún discurso de su presidente don José María Segovia -magnífico orador, dicho sea de paso- no conozco nada más de esta asociación ni conozco a nadie que sepa nada al respecto. Después de interrogar a varios onubenses, ninguno supo responderme. Incluso me contaron una historia más bien disparatada acerca de masones y actiovidades secretas. Vamos, que acabé peor de lo que empecé.

Pienso que este desconocimiento perjudica seriamente a esta Sociedad. Creo que debería abrirse a la sociedad, colaborar con otras entidades para sus fines, caso de la Universidad, medios de comunicación o internet. Las nuevas tecnologías son hoy dia fundamentales para fomentar y desarrollar sus fines. Tras visitar su web (ver enlaces) y aunque trae alguna información que puede resultar útil, creo que todavía no cumple la función de acercar esta institución al público en general, especialmente a los onubenses.

Lamentablemente existe un desapego entre La Colombina y la sociedad onubense. Espero que quien corresponda sepa y pueda remediarlo antes de que sea tarde.

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Friday, June 15, 2007

Hece treinta años

    Tal día como hoy, hace treinta años, mis padres pudieron sacarme de la cuna, montarme en elcarrito y llevarme a que los acompañara a hacer algo nuevo, tan insólito, como ir a un colegio, coger un papelito y dejarlo dentro de una urna para decidir quien iba a mandar –así se decía entonces-. Y es que antes de nacer yo, eso que ahora parece tan normal, tan anodino, como votar, era impensable salvo en muy contadas ocasiones para decirle al que mandaba que sí o que también. No, no es que quiera hacer un relato personificado de la democracia o algo perecido, es que yo nací en aquellas fechas, como un par de meses antes de aquellas elecciones, y lógicamente sería así –yo no puedo acordarme- como viví una jornada tan importante para la Historia de España.

Antes que los actuales treintañeros llegásemos al mundo, se había pasado muy mal para que algo hoy tan simple, tan corriente, tan sin importancia para muchos, como tomar parte, aunque sea mínimamente, del devenir político fuese posible. Ultras de uno y otro lado no querían una convivencia real entre los españoles, querían, simplemente imponer sus tesis -sobre todo los que llevaban tanto tiempo haciéndolo-. Pero ese no era el camino. Había que hacer tabla rasa con un odioso pasado y construir una España mejor en la que cupieran todos sus hijos y que ningún grupo de estos pudieran adueñarse de la madre.

Y había ganas de concordia. Por la derecha, aunque amparada en principio por el “régimen” y desarrollada en su seno, se había producido la apertura, la necesidad y el deseo de una normalización, de ser como los países de nuestro entorno, ya que era consciente que ahí estaba el futuro. Por la izquierda, que también querían ser como los vecinos. Dejó en el desván del abuelo planteamientos revolucionarios y se centraron en una nueva revolución, pero para todos.

Se olvidaron viejas ofensas, había un país que construir, un viejo edificio al que hacer reformas para que todos pudieran entrar. Y todos se pusieron manos a la obra, cada uno aportando lo suyo, cada uno desde su posición, pero sin querer imponer nada a nadie, viejo mal patrio que tantos disgustos nos trajo en siglos pasados. Había que construir una casa común donde cupieran todos, aunque el que gobernara –que no ya mandara- la redecorase mientras fuera en encargado.

Han pasado nada más y nada menos que treinta años, seguramente muchos de los que empujaban carritos no se lo puedan creer. Pero así es y ya somos una nueva generación que habitamos la casa, nuestra gran mansión, y vemos que le van haciendo falta algunas reformas,tapar alguna grieta, una manita de pintura, esas cosas. Lo malo es que los que están a cargo desde hace unos diez años, año arriba, año abajo, han perdido algo del espíritu constructivo inicial y por eso no se sabe como tapar las grietecillas que van apareciendo y cuando se les mete mano, estas. a veces, empeoran.

A ver que casa nos dejan, y a ver si llegado el momento sabemos nosotros conservarla, hacer una puesta en común para mejorarla, que ya son otros tiempos.

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Tuesday, June 5, 2007

Un fin anunciado

    La pasada madrugada la panda asesina ETA anunció, como si de una broma en su peculiar sentido macabro del humor se tratara, el fin de la tregua. ¿Qué tregua?, ¿entonces qué puñetas era lo de la T-4, las cartas de extorsión o la violencia callejera de sus chavales?. ¿una broma?, claro, sólo era una broma de su peculiar sentido macabro de humor. ¿Y los asesinados en Barajas?, bah, daños colaterales como se dice en el lenguaje políticamentecorrecto que está tan de moda ahora. Como dice uno que casi conozcí: Te romperé las piernas, pero con el cariño de una madre (sic).

    Como siempre, ETA no ha echo más que tomarse un respiro para reforzarse, y como cada vez que se siente un pelín más fuerte, vuelve a amenazar con asesinar a diestro y siniestro, como si alguna vez dejaran de hacerlo.

    Sólo nos queda una cosa. Todos juntos, unidos, limando estúpidas asperezas que no son tantas ni tan importantes, y ponernos frente a ellos, los asesinos, con toda la firmeza que permite una Democracia ya consolidada como la nuestra, como la de un país puntero en Europa y en el mundo, sin singún tipo de pudor, que no hay motivos. Y por favor, que elo PSOE deje atrás ingenuidades y el PP oportunismos, que también ellos pecaron de lo primero cuando gobernaban (me permito recordar lo de banda de liberación nacional vasca que dijo Aznar). Y sobre todo, que consensuen de una puñetera vez la política antiterrorista, frente a ETA o frente a quien sea, y que tengan claro de una repajolera vez que unidad frente a los violentos no es decir si bwana al gobernante o al que lo ha sido, sino acordar entre los dos grandes partidos una estrategia conjunta y diradera, que sepan ver lo mejor de cada uno, entendiendo esto por lo mejor del otro.

    Somos más y la razón, aunque sólo sea porque no nos amparamos en violencia, está con nosotros. Con los que creemos en la Democracia, Democracia de verdad, en mayúsculas, y en la convivencia en este país, España, que es de todos, le pese a quien le pese. 

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Tuesday, May 15, 2007

30 años de la reanudación de relaciones España-México: Un capítulo poco estudiado de la Transición española (por Marcos Marín Amezcúa)

La reanudación de relaciones diplomáticas entre España y México, ocurrida el 28 de marzo de 1977, hace ya treinta años, se inscribe en el marco de la Transición española y dentro de un, según parece, poco estudiado capítulo de política exterior de este periodo, asignatura las más de las veces no vista más allá de la insistente mirada española puesta en la entrada a la entonces Comunidad Económica Europea (CEE). Conviene pues recordarlo: En el rubro de política exterior española, también se produjo una transición, caracterizada por un cambio sustancioso de mentalidad y de intereses a defender por parte de España, que involucró, como un rubro a destacar, una política de acercamiento hacia México; un tema que se ha quedado un poco de lado y es pertinente recuperar para la memoria compartida hispanomexicana.

 

En efecto, tras la muerte de Franco en 1975 y el cese de su régimen, España apostó por actualizar su agenda diplomática; acción necesaria para modernizar su propia visión del mundo, tras un aislamiento poco a poco remontado pero siempre profundo, en que estuvo inmersa tras la Guerra Civil y la Segunda Guerra Mundial; aislamiento muy marcado al momento de morir Franco. En ese marco de transformaciones a que se sometió España, se produjo la reanudación de relaciones diplomáticas con México, un gesto de gran significado para ambos países y con una trascendencia formidable en el contexto iberoamericano.

 

Es probable que tal reanudación de relaciones se inscribiera en la revitalización general de ellas, caracterizadas por gestos significativos como el deseo expreso del Rey Juan Carlos I por acercarse a Iberoamérica, manifiesto desde su primer viaje a la región (Ocurrido en 1976), el primero oficial efectuado por un monarca español a la América hispana desde 1492; y que en particular, el acercamiento con México se trató de un acto que no era ni es poco ni está sujeto sólo a retórica o formulismos, pues no era uno más en una agenda, tal como podría entenderse así en nuestro tiempo o pudiera verlo así quien no sea español o mexicano, pudiendo extrañarse por la insistencia en ese asunto, expresado de manera permanente y alrededor de este trigésimo aniversario, pues la ruptura fue profunda. Esto es importante mencionarlo a quienes nos leen y no son ni mexicanos ni españoles.

Sí en cambio, fue un acercamiento sujeto naturalmente a los procesos internos desatados durante la Transición española misma, que condujeron al unísono a tomar medidas tales como la inserción de España en la CEE, en la OTAN o incluso, con el restablecimiento de relaciones con la Unión Soviética o el contacto oficial con Israel, eventos sucedidos a lo largo de la siguiente década tras el final de la dictadura. Asimismo, al otro lado del Atlántico, por la parte mexicana se hallaban la imperiosa necesidad de revitalizar unas relaciones perdidas, el seguimiento a los cambios políticos ocurridos en España desde noviembre de 1975 y la coyuntura favorable del inicio del gobierno del presidente López Portillo, en diciembre de 1976 (Proclive en su persona, a lo español), que animaron a ese posible acercamiento, que ofrecían en conjunto la oportunidad de efectuarlo.

 

Tal aproximación no era menor, pues suponía un reencuentro con el pasado inmediato, doloroso y complejo, en el marco de relaciones estrechas, acompañado con un generoso deseo de reactivarlas en lo diplomático, si bien se trataba de unas relaciones entre dos países que, desde 1821, tuvieron muchos altibajos y desencuentros (Que son todo un capítulo interesantísimo de historia diplomática).

 

En su momento, Octavio Paz destacó __con un entusiasta sentido de oportunidad__, que la reanudación de relaciones diplomáticas entre España y México, era el esperado reencuentro de dos viejas amigas que mucho tenían que contarse. Y así sucedió. En tres décadas se ha recuperado por mucho el tiempo perdido y no pueden pasar desapercibidas las muy fluídas relaciones entre ambos países. España tiene en México un interlocutor de altura y su principal socio en Iberoamérica (16 mil millones de dólares invertidos). México inscribe a España como primer socio de entrada en la UE. Ambos son pilares complementarios de la Comunidad Iberoamericana. La dinámica como interlocutores para Europa y América Latina, respectivamente, supone una intensa relación. México posee un amplísimo Tratado de Cooperación con la UE de carácter preferente (Único en su tipo para esta región) y es el primer inversor de Iberoamérica en España. En el derecho internacional mexicano, el tratado de extradición con España es de los más completos (Con miras a combatir células terroristas que opten por refugiarse en México y también ha servido para cazar políticos corruptos que se fugan a España, quizás míopes de la existencia de tan eficaz instrumento).

 

Cabe reparar en el origen de la ruptura, causada por el triunfo militar del General Franco en 1939, y la respuesta de apoyo a la Segunda República seguida de un copioso exilio a México, que apostó desde allí por regresar, tras la muy deseada caída del Generalísimo. Pero al mismo tiempo, esa reanudación del ‘77 no se quedaría en el recuerdo o el reproche velados, sino que suponía oportunidades y un futuro amplísimo en la medida en que ambas partes quisieran extenderlo, como afortunadamente ha venido sucediendo. Ambas partes se saben y se reconocen en la otra. Y ese es el triunfo alcanzado en esta reanudación.

 

Como se ha mencionado, el origen de esa larga ruptura provino del apoyo abierto prestado por el presidente Cárdenas a la derrotada Segunda República Española (Armas, dinero, hombres, respaldo diplomático, asilo y hasta la arenga del día de la Independencia de 1937, en que el presidente Cárdenas vitoreó a la República desde el Palacio Nacional de México), al considerar ilegítimo el pronunciamiento del 18 de julio de 1936 que marcó el inicio de la cruentísima Guerra Civil española (1936-1939); considerando que se atentaba contra un gobierno electo, muy valorado desde 1931 pues, además de republicano, en mucho sentíase cercano a la idiosincracia republicana de la América hispana, que entusiasta lo acogió. Por supuesto, enalteciendo en ello todo un imaginario al respecto del “ser republicano”.

 

El activismo del gobierno mexicano fue manifiesto desde el primer momento. Su postura era recalcitrante y se empeoró al triunfo del movimiento nacional. Un despliegue diplomático en pro de los refugiados españoles en Francia y la alianza de México con Estados Unidos y Gran Bretaña en la Segunda Guerra Mundial, frente a una España situada en el bando contrario junto a los países del Eje, imposibilitaron una pronta reanudación de relaciones tras ese periodo y sumándose a ello la supervivencia política de Franco. Quedaba claro que mientras gobernara, sería imposible normalizar las relaciones. Encima, México acogió al gobierno de la Republica española en el exilio, así como a los gobiernos vasco y catalán también en el exilio. El aislamiento de España se encontraba con el activismo mexicano en contra el gobierno franquista, instado y atizado desde adentro por esos mismos refugiados, aún en fechas tan tardías como 1974 y desde la palestra de la ONU.

 

El gobierno de la Segunda República española en el exilio, alojado en México, supo prolongar la ruptura en tanto viviera Franco y contó para ello con los herederos del Cardenismo, dispuestos a ser fieles a la causa republicana española, justamente por serles una herencia discursiva. Es previsible que del lado español, pese a que hubo intentos de acercamiento, no variara mucho la política hacia México, planteada por las élites como venía efectuándose, en tanto se prolongara la dictadura. Ergo, como puede observarse, todos los actores vivían tirando de la misma cuerda y a su modo.

A su vez, la ruptura de relaciones diplomáticas (Que no comerciales, culturales y personales), hizo que el nombre de México casi desapareciera de la geografía española de manera muy notable (Es previsible que por consigna, a diferencia del de Argentina, por ejemplo y por razones sabidas y concretas de acercamiento al Franquismo); mas no se pudo pasar por alto la memoria del exilio, la relación formada a través de siglos de intercambio y el deseo de sectores diversos en ambas sociedades, al admitir del anacronismo por no mantener relaciones directas entre ambos gobiernos, una vez que cambiaron las condiciones políticas españolas y atemperaron las mexicanas, a mediados de los años setenta.

 

Por todo ello, cabe congratularse de que una nueva generación de españoles y mexicanos apostaran por una reanudación que ha sido altamente fructífera en absolutamente todos los frentes, desde el empresarial hasta el intercambio cultural, dejando atrás los rencores suscitados a raíz de la victoria de 1939, que dividió a los españoles y afectó a los mexicanos. El restablecimiento de relaciones diplomáticas confirmó lo que siempre se supo: Lo sucedido en ambos países nunca resulta indiferente al otro. Acaso ese conocimiento mutuo debiera profundizarse, mas no por ello denosta el actual saber por el otro.

 

Al reanudarse los intercambios diplomáticos, muchos españoles avecindados en México decidieron regresar a España, muchos prefirieron no hacerlo, incluso por razón de encontrar una España cambiada que les era un tanto ajena por lo diferente que la percibieron tras cuatro décadas de ausencia, pero en todo caso no habían perdido por ella ni su sentir de españoles ni el deseo por su bienestar y desde lejos, siguieron alimentando el deseo para que ésta prosperara. Para ellos también los logros de España en esa transición, eran sus logros. Su lejanía física no les hizo renunciar a su recuerdo. Todavía hoy existe sobre el Paseo de la Reforma en la Ciudad de México, una escuela primaria pública que lleva por nombre “República española”. Es curioso considerando que es sostenida por el gobierno mexicano que canceló las relaciones y la representación del gobierno de la República española en el exilio y que pasó a renglón seguido, a establecerlas con el Reino de España. Mas queda la memoria histórica, siempre insalvable, siempre presente.

 

La apuesta por el futuro guía hoy unas relaciones diplomáticas calificadas en ambas orillas del Atlántico, como inmejorables y en el mejor punto de su casi bicentenaria historia.  Más allá de tópicos, las relaciones bilaterales han sido definidas por el presidente mexicano Felipe Calderón, durante su reciente visita a España, como la de socios valiosos y confiables. En todos los ámbitos se notan los alcances de una cooperación amplísima, que cuenta con dos vertientes que, acaso, no se localizan en el resto de las relaciones de España con Iberoamérica y que cabe destacar: Por un lado, el  incremento del 135 % en los índices de intercambio comercial __Favorables a España, según se dijo en la visita a México de fines de 2005, del Ministro de Exteriores español Moratinos__ ,  y en lo humano, una relación entre ambos pueblos abierta, directa y poseedora de un lenguaje cercano, claro y sincero. En suma, que se puede expresar de frente. Ello le otorga un plus a las relaciones en todos, absolutamente todos los frentes y niveles de esta relación y las cifras y las opiniones así lo reconocen. Niveles que van desde el diplomático hasta el personal.

 

Así lo reconocía el 15 de marzo de 2007, la Subsecretaria de Relaciones Exteriores de México, durante el acto efectuado en la Casa de América en Madrid, con motivo de esta conmemoración, resaltando el insospechado alcance de esa reanudación. A los mexicanos y españoles de hoy puede parecerles normal que las banderas de ambas naciones ondeen en la embajada situada en las respectivas capitales o encuentren normales, lógicos, cotidianos o necesarios los vuelos directos entre México D.F. y Madrid. Hace treinta años era imposible. Dos generaciones tuvieron que asumir el hecho de las inexistentes relaciones diplomáticas con una tortuosa ruta obligada triangulándola vía París. Fueron relaciones que llegaron a tiempo para la globalización que hoy exige un contacto directo basado en la tecnología, la cooperación y la estrecha relación en todos los niveles. Las siguientes dos generaciones al ’77, asumen con naturalidad esa relación, hoy cercana para beneficio de ambas partes y mejorable en todos los sentidos.

 

Quedan sí pendientes por resolver, como en toda relación entre dos pueblos. La responsabilidad de que se engrandezcan las relaciones bilaterales, de que se nutran y se enriquezcan haciendo uso de todas sus potencialidades, corresponde a ambas partes. No son relaciones exentas de roces, de ponderables por atender, de reconsideraciones en sus metas y objetivos a mediano y largo plazo, pero hay una certeza: La garantía de que los planteamientos pueden hacerse de manera frontal, directa, sin ambages, siempre que medie la buena fe de los interlocutores. Cabe insistir en ese aspecto.

 

Una muestra de la certeza que mueve a tales relaciones es la siguiente: Como muchas otras cosas, episodios en común hoy están sujetos al revisionismo histórico; así, se han alzado voces (Que no vivieron el exilio del ‘39), señalando que México escogió a quién debía recibir tras la Guerra Civil. Que no hubo por lo tanto, tal altruismo a favor de los republicanos y que en realidad, una vez en México, se les negó la entrada en la sociedad mexicana. Es preciso no olvidar que en un acto soberano, México en muchos casos sí y en muchos otros no, escogió a quiénes recibir, pues la opción por México la extendió el propio gobierno mexicano y fue él, el que dispensó los medios de traslado; cabe recordar, también cómodamente y a toro pasado, que las opciones del exilio, en el estrecho margen de opciones que tenían sus protagonistas, pasaban por África sahariana, Europa del norte o la Unión Soviética, cuando la mayoría de los estados hispanoamericanos (Cuba, incluso), se negaron a extender auxilios a los republicanos. Y entonces, muchos optaron por México, que les otorgaba esa oportunidad de recibirlos.

 

Por lo demás, se suele decir en voz baja (Más o menos), que fueron los viejos residentes españoles avecindados en México (monárquicos los más, conservadores, llegados en distintas etapas y por distintos motivos a México, pero todos décadas o años antes de la Guerra  Civil),  los que sí cerraron las puertas a sus compatriotas que huían de España, acusándolos de “rojos” e instaron por muchos medios a que México no prestara la ayuda planeada para ellos, advirtiéndole que eran la causa directa de la catástrofe que vivía España al llevarla con sus ideas socialistas, a una guerra civil. Grupos conservadores mexicanos se alteraron ante tales descripciones. La memoria histórica no puede equivocarse. En consecuencia, amén de ingresar a las mejores instituciones mexicanas, los republicanos en México también crearon sus propias instituciones a falta de aceptación en los centros regionales españoles ya establecidos y no por falta de apoyo de México. En México no les faltó pan, trabajo, paz, libertad y la oportunidad de emprender una nueva vida, dejando allí su esfuerzo siempre reconocido. Finalmente años después, cierto es que en algún momento estos centros anteriores abrieron sus puertas a los recién llegados, para quienes quisieran pasarse por allí, a lo que muchos republicanos y sus descendientes, se han negado.

 

Quedan  pues, treinta años de fructíferos logros, de relaciones intensas de ida y vuelta, de redescubrimientos y de reconocimientos, reflejados no sólo en cifras comerciales, turísticas y económicas en general, sino en el número de acuerdos, de alianzas, de intercambios culturales y educativos y de una notable capacidad de diálogo. El nuevo embajador español Angúlo tiene grandes retos, pues su antecesora fue muy activa y le deja la vara muy alta; el gris y saliente embajador mexicano Jiménez Remus (lastima, pues era un brillante panista), urge que abandone Madrid, si se quiere una comunidad mexicana más activa y presente en España y no de espaldas a nuestra embajada. Tres décadas de excelentes relaciones así lo apremian y lo requieren.¿Lo sabrá la secretaría otrora en Tlatelolco y hoy situada en la flamante Plaza Juárez? Quizá.

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Friday, May 11, 2007

Elecciones Municipales

Desde hoy. Bueno, desde anoche, nuestros queridos políticos locales tienen permiso y vía libre para darnos la tabarra –aún más- mendigándonos su voto. No es que alguna vez hayan dejado de hacerlo, es que ahora pueden poner la palabra vota en sus carteles, folletines, mítines, y en todo lo que siempre andan haciendo para buscarse su sillón.

Y no es que me parezca mal la labor política. Al contrario, me parece el trabajo más noble del mundo. Ocuparse durante unos años en llevar adelante los asuntos públicos, es decir, de todos, y mirar por el ciudadano. Lo que me mosquea un rato –y bastante- es la profesionalización que se da entre nuestros políticos, muchos incapaces de vivir fuera de su cargo cual pececillo sin su pecera. Y lo que es aún peor, que miran más por los asuntos de su partido que por los del conjunto de la Ciudadanía, llenando la vida pública de crispaciones y enfrentamientos gilipollas (ups, se me escapó).

En fin, si no me equivoco ni estoy mal informado, serán ocho las candidaturas que se sometan al examen de las urnas para llegar a nuestro ayuntamiento. El PP que ya gobierna desde hace doce años son su incombustible líder (de masas) Perico Rodri; el PSOE con Parralo, que pone su foto en el cartel de su partido en sustitución de un Díaz Trillo al que tras estar en primera línea de la lucha política se va, casi sin que nos demos cuenta, con la humildad y discreción que creo le caracteriza. Una lástima, si este Hombre de Cultura hubiera llegado, estoy seguro que hubiera sido un gran alcalde para nuestra ciudad. Al menos sabemos que su sustituta esta a la altura.

Entre los partidos minoritarios, aquellos que, si llegan al pleno municipal, y caso ninguno de que los “grandes” consiga mayoría absoluta, lo que es perfectamente posible –y me atrevería a decir que deseable-, tendrán su particular lucha por asegurarles el poder a cambio de alguna contraprestación, hay bastante heterogeneidad. Por un lado los comunistas de Jiménez y por otro los nacionalistas, divididos entre el PA de Muiño y el PSA de Rodríguez Calero.

IU lo tiene a priori más fácil. Ya tienen representación municipal, aunque con otra cara, y parece que además cuentan con una bolsa de votos suficiente para revalidarla. Lo curioso es que se rumorea en los medios, vaya usted a saber si es verdad, que su candidato tiene pactado su apoyo a los socialistas si entre ambas fuerzas políticas tuvieran suficientes sufragios, y sillones, para formar gobierno. Jiménez lo niega, pero por si acaso, Perico Rodri, viejo zorro de la política, ya ha ofrecido al todavía (único) concejal comunista, Manolo Rodri, un peazo sillón, para que se lo piensen un poquito mejor.

Los que lo tienen un poquito más crudo para entrar en los plenos son los andalucistas. No tanto por estar divididos en dos partidos distintos, que quizá sea positivo, vistos los históricos enfrentamientos en su seno -aun con algunos coletazos en el viejo PA- entre sus distintas tendencias, que se desarrollen y fortalezcan por separado puede ser una solución. Parece que el nuevo PSA tiene cierta pujanza y ha apostado por una campaña fuerte. Pero decía que será difícil que llegan a nuestro ayuntamiento. Y es una lástima, de verdad, porque darían algo de aire fresco a los plenos y medios de comunicación, donde por lo menos yo me estoy cansando de escuchar lo mismo. La verdad es que estos partidos, con sus divergencias y eso, me caen bien, me simpatizan, y me gustaría ver por lo menos a uno en los plenos y debates de las teles, a ver si con responsabilidades son capaces de dar un discurso más ó menos nuevo, que se aleje un poco del pues tú mas de pepitos y sociatas.

También tenemos dos candidaturas desconocidas en la política onubense. Por un lado el recién creado Partido cristiano demócrata de Huelva, de Miguel Rueda, y por otro el ultraconservador Democracia Nacional. Si finalmente ambos se deciden hacer campaña –en precampaña su presencia apenas ha llegado a testimonial- y darse a conocer, la campaña podría ser algo más interesante.

Ah, que decía al principio que tenemos ocho candidaturas y sólo he hablado de cinco y mencionado otras dos –siete en total-. Bueno, es que hasta que alguien aprenda que hablar andaluz no es chapurrear mal el español, ni podré entenderle bien ni creo que resulte interesante. Lo siento.

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Saturday, May 5, 2007

Tercer partido

Esta es, a mi juicio, una necesidad que tiene el sistema político español; una tercera fuerza política a nivel nacional que medie entre una izquierda y una derecha cada vez más enfrentadas, no pocas veces en estériles y artificiosas disputas que más recuerdan una discusión de patio de colegio que el sereno debate político que debiera ser.

Después de ver, en la lejanía por supuesto, lo ocurrido en Francia, donde la candidatura de Bayrou se ha aupado hasta el tercer puesto con un porcentaje de participación del electorado fantástico, bastante alto, desvaneciendo los fantasmas aparecidos en los comicios anteriores cuando el ultraderechista Le Pen llegó a disputar la segunda vuelta. Es como si la sociedad francesa hubiera reflexionado y hubiera querido aunar esfuerzos en un bien común.

Reitero que opino desde la lejanía, guiándome exclusivamente por los medios de comunicación, ya que no soy, ni mucho menos, un experto en Francia. Pero creo que lo que ocurre al norte de los Pirineos debería hacernos reflexionar de los españoles en lo que nuestro país necesita y se merece, y lo que no. Y dada la clase –yo más bien diría casta- política que tenemos –o padecemos- tanto en lado como del otro del espectro político, un tercer partido situado entre PP y PSOE y que pudiera actuar de árbitro o de apoyo, según lo requirieran las circunstancias, para facilitar a estos a la gobernabilidad y, ya puestos, acercarles a la España real. La España en la que un triste café cuesta más de ochenta céntimos y en la que hay gente que debe subsistir con poco más de trescientos euros al mes. Bueno, y a gobernar por sí mismo si el pueblo así lo manifestase en las urnas.

Claro, que otro modelo pudiera ser el del vecino y hermano Portugal, donde las fuerzas políticas representadas en su parlamento se pueden agrupar en cuatro facciones. Una izquierda moderada con el Partido Socialista (PS) por un lado y la derecha moderada con el Partido Social Demócrata (PSD) por el otro, ocupando ambos el centro político y siendo las fuerzas mayoritarias que se alternan en el poder. Y junto a estos, más a la izquierda del PS tres pequeñas fuerzas, comunistas, verdes y Bloque de Izquierdas; y más a la derecha del PSD el Partido Popular. No hay ningún partido político situado al centro actuando de mediador –y quizá no haga falta- porque las dos fuerzas políticas mayoritarias, PS y PSD ya comparten ese espacio y son los extremos los que “tiran” cada una hacia su lado a la fuerza mayoritaria afín. Por cierto, que también aquí que la información que dispongo no es de una erudición y una investigación profunda, sino de los datos ofrecidos por los medios de comunicación, a los que por cierto agradecería –y no sería el único- una mayor y mejor información de lo que pasa al otro lado de la “Raya”.

Esta situación, a simple vista, podría parecer viable aquí en España, con un PSOE a la izquierda seguido por IU en su extremo y a la derecha un PP, algo más moderado que el real, con otra fuerza a su derecha, no sé, una especia de Democracia Nacional (DN) pragmática o algo así. Pero no nos engañemos, Spain is different. Aquí la derecha, moderada y no, está agrupada en un mismo partido, el popular, en el que las voces que se dejan oír no siempre son las más proclives a la moderación. Además, en la izquierda, IU parece perdida irremediablemente en su utopía, mientras el PSOE de la mano de Rodríguez Zapatero va abandonando toda mesura. Para colmo, y aquí tenemos la mayor diferencia con nuestros vecinos, los nacionalismos periféricos, sobre todo el catalán y el vasco, se han erigido en moderadores de la política nacional en beneficio de sus regiones y, no pocas veces, en perjuicio del resto y/o del conjunto del estado. Parte de la culpa es del sistema electoral español, que beneficia a los pequeños partidos con alguna fuerza en unas pocas provincias y perjudica a pequeñas fuerzas de implantación nacional. Pero esto quizá será abordado en mejor ocasión.

Por todo ello, pienso, que en España hace falta una tercera fuerza política de implantación nacional que por un lado pudiera hacer frente al agobiante bipartidismo PSOE – PP,  y por el otro rebaje el excesivo papel de los nacionalismos.

Ahora parece que se pudiera abrir una vía a la esperanza –eso espero- que nos viene precisamente de una de las regiones donde el nacionalismo tiene más fuerza, Cataluña. Ya habrán adivinado que hablo de Ciudadanos-Partido de la Ciudadanía (C’s). Una nueva fuerza política que nació para oponerse a los excesos de los nacionalistas en su tierra y se está extendiendo por el resto de España. Habrá que esperar acontecimientos. De momento parece que la cosa pinta bien y para estas municipales presentan dos listas más allá de Cataluña, en Salamanca y Alicante y a lo mejor también Sevilla. Pero se ve que quieren ser cautos y pacientes en su extensión fuera de su región de origen, lo que me parece bien, ya que intentarán que no lleguen a sus filas algunos no tan interesados en el proyecto de C’s como en el suyo propio. Aunque por mi parte, hubiera preferido un poco más de coraje en estas elecciones. Pero supongo que nadie mejor que ellos para saber los pasos que quieren y pueden dar. Espero que para 2008, que tenemos elecciones legislativas, puedan presentar listas, si no en todas, en la mayoría de las circunscripciones y logren tener grupo parlamentario en las Cortes. De ese modo podríamos ver si las esperanzas de más de uno estarán satisfechas o no.

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Saturday, April 28, 2007

“Grandes” obras

Huelva, la ciudad más antigua de occidente según los arqueólogos e investigadores que investigan a fondo su pasado, que lo comprueban con sus hallazgos y que ven en los vestigios enterrados que vivimos en un poblamiento urbano ininterrumpido de hace milenios.

Pero paseando por esta, mi ciudad, a la que quiero con locura, no puedo ver esa antigüedad por ningún lado. Allá por donde vaya me encuentro sólo con construcciones modernas y muy pocos edificios históricos y casi todos modernos, y no pocos de ellos carentes de gusto estético. Especialmente en zonas más sensibles para ello como el casco histórico, al que casi le han borrado su nombre.

Ojo, no es que me parezca mal que se construya, eso es señal de dinamismo en una ciudad. Lo que me parece fatal es que según que zonas no se respete una arquitectura tradicional que refleje nuestra Historia, nuestra manera de ser, en definitiva nuestra idiosincrasia como ciudad. Ni siquiera –recalco- en el casco histórico.

Ahí tenemos el ejemplo de la plaza de las Monjas –y menos mas que se llegó a parar ese “triangulus” que la pretendía convertir en un descampado de hormigón y hierros retorcidos-, en la que no sé por que concepto artístico que dicen tener los arquitectos, se la despoja de casi todo su encanto, sustituyendo por ejemplo la fuente de mármol –si no lo era daba el pego la mar de bien- por una piscinita tipo jacuzzi del mismo tipo de azulejos que unos aseos públicos que usé ayer mismo (verídico) con sus chorritos hidromasaje y todo. Todo el la plaza principal de una ciudad de primera categoría como Huelva –y no sólo por el Recreativo-, que por unos pocos iluminados que no pasan de decoradores de segunda y un puñado de políticos que se lo consienten todo por un puñado de fotos con los que mendigar un puñado de votos estamos perdiendo categoría a pasos agiganados.

Si no se salvan ni las farolas. No tienen ni sentido de la mesura, en las calles que rodean esta plaza recién peatonalizadas ponen unas farolas modernas que no conjugan con las clásicas de la misma plaza, vamos, que no pegan ni con cola. Eso sí, en la plaza de los Niños Bosnios, en La Orden, dónde sí podían quedar muy bien ese tipo de iluminación, van y ponen una gran farola en el centro, de fundición y cuatro brazos. Un diseño de ciudad entre cutre y hortera, por no decir otra cosa.

Y que no se empiecen a frotar las manos los políticos de la oposición, que este mal, Huelva lo padece de antiguo. Y así, cuando la oposición era gobierno, ya se hacían auténticas barbaridades, caso de la plaza de la Soledad, desprovista del más mínimo encanto salvo para hacer botellones, cuando aún dejaban, o el parque Alonso Sánchez del que ahora la alcaldable socialista promete hacer no sé sabe cuántas mejoras. Pero si primero le quitan los edificios que había, de algún mérito según creo, y luego no le ponen un parquecito donde jugar los chiquillos y casi se limitan a poner cuestas y alicatar el cabezo, no sé cómo le quedaría. En fin, confiemos en que si llega a gobernar alguien la ilumine.

Y no os doy más el coñazo con este tema que me hierve la sangre. Prefiero no hablar de la plaza de la Merced, ni de 12 de octubre, ni de los edificios horribles que en su día construyeron encima de lo que habían sido palacios (calle Puerto, por ejemplo)…. A fin de cuentas, y aunque sólo sean de momento algunas anécdotas, parece que por fin algo está cambiando a orillas del Tinto y del Odiel y parece que se empieza a considerar, aunque sólo sea un poquito, nuestra Historia.

Bueno, me voy a dar un voltio por la plaza de San Pedro, a la que parece que todavía nadie ha amenazado con “arreglar”. Dios quiera que le dure el indulto. Aunque con la iglesia no fueron tan benévolos; ¿alguien sabe dónde fueron a parar los azulejos que había en su fachada –históricos por otro lado- o en qué se ve que fue restaurada hace poco?. En fin, que lo dejo que me vuelve a hervir la sangre.

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Saturday, April 14, 2007

Mi Iberismo (por José Saramago)

Este es sólo el prólogo de un libro, el libro de César Antonio Molina “Sobre el Iberismo y otros escritos de literatura portuguesa”. Un libro que aún no he tenido la fortuna de leer -Molina, César Antonio: Sobre el iberismo y otros escritos de literatura portuguesa. Ediciones Akal. Madrid, 1990- y un prólogo que he encontrado por casualidad en internet buscando algo sobre otro libro que sí disfruté hace algún tiempo, La balsa de piedra, precisamente de Saramago. Pero volviendo a estas líneas que hoy comparto con vosotros, son unas líneas geniales del escritor vecino que me ha parecido oportuno poner aquí para que todos vosotros también las podáis disfrutar. Eso espero:

No es esta la primera vez que me pregunto sobre las causas y circunstancias que, en estos últimos años de mi vida, me han convertido en casi obligada referencia, por parte portuguesa, siempre que sale a la luz la vieja cuestión del iberismo. Pero ésta será, en efecto, la primera vez que intentaré encontrar una respuesta que, al tiempo que satisface mi propia ilustración de los hechos, pueda servir para delimitar, con suficiente claridad, la reducida área en que, tal vez, se está aplicando, directa o indirectamente, en estas materias especificas, la noción del escritor que soy. Quiero prevenir, al hacer estas salvedades, que cualquier identificación que se haga de mi trabajo literario o de mi intervención cívica y política con un cuerpo de doctrina, plan de acción o una estrategia que apunten al resurgimiento o a la reactivación de la cuestión ibérica tendrá que plegarse, o al menos no ignorar, los argumentos y precisiones aquí expresados.

Como cualquier otro portugués antiguo y moderno, fui instruido en la firme convicción de que mi enemigo natural es, y siempre habría de serlo, España. No atribuíamos demasiada importancia al hecho de que nos hubiesen invadido y saqueado los franceses, o que los ingleses nuestros aliados nos hubieran explotado, humillado o gobernado: esos no eran más que episodios históricos comentes que teníamos que aceptar de acuerdo con las reglas de un relativismo práctico, ese que precisamente nos enseña a relativizar, esto es, a tener paciencia. Absoluto, lo que se dice absoluto, desde nuestro punto de vista de portugueses, sólo el rencor al castellano, sentimiento llamado patriótico en que fuimos infatigables en el transcurso de los siglos, lo que, quién sabe, nos habrá ayudado por el rechazo y por la contradicción, a formar, robustecer y consolidar nuestra propia identidad nacional. No afirmo que las cosas hayan pasado así, es solamente una idea que se me ha ocurrido al socaire de la escritura. Como tampoco afirmo que sea verdad que a todo esto España se haya limitado a responder con absoluta, no relativa, indiferencia, o incluso con algún menosprecio, por añadidura. El alma de los pueblos, si es que soy yo mismo capaz de entender lo que eso quiere decir, no es seguramente menos compleja que aquella que el simple individuo lleva consigo en su única y simple vida.

Este sistema organizado de malquerencias y desconfianzas, cuántas veces paralizador, no me impidió, como tampoco impidió a otros portugueses, interesarme muy de cerca por la cultura española, en especial la literatura y la pintura. En distinto plano, también alenté siempre la curiosidad por saber qué pensaban los españoles de sí mismos (y unos de otros) a lo largo de los tiempos y, poco a poco, puede salir de una visión histórica generalizada para llegar a la apreciación dinámica de las diferencias; creo que he empezado a comprender mejor a España conforme iba reconociendo e identificando, en la plenitud de su expresión, las diversidades nacionales que veía emerger de la unidad estatal, lo que resultó, por último, supongo que por un proceso no completamente consciente, una forma de apagamiento subversor de la imagen de España adquirida por vía pasiva a favor del surgimiento irresistible de una constelación socio-histórico-cultural pluriforme, literalmente fascinante. Claro que nada de lo que estoy escribiendo es nuevo: como yo, lo han experimentado todos aquellos que se han acercado a España despojados de ideas preconcebidas, o suficientemente vigilantes como para esquivar los daños que éstas suelen causar a los incautos. Pero, efectivamente, algo vino a modificar mi relación, primero con España, después con la Península Ibérica en su conjunto (lo que equivale a decir que yo empezaba a lanzar sobre mi propío país una mirada diferente): la evidencia de la posibilidad de una nueva relación que sobrepusiera al diálogo entre Estados, formal y estratégicamente condicionado, un encuentro continuo entre todas las nacionalidades de la Península, basado en la búsqueda de la armonización de los intereses, en el fenómeno de los intercambios culturales, en fin, en la intensificación del conocimiento.

No soy tan ingenuo como parece, y en este caso menos que en cualquier otro. Esta concepción abierta de los hechos peninsulares tenía que chocar inevitablemente, y sobre todo por parte de España, con una indignada y muy patriótica resistencia, pues se objetaría que en el «caldo» ibérico así preconizado, se habría de disolver la, desde siempre trabajosa, unidad de los Estados, peligro del que, como sabemos y sin temor alguno a la paradoja, acabamos de ponernos a salvo, portugueses y españoles, gracias a la integración en la Comunidad Económica Europea, escrupulosa a más no poder en lo que se refiere a salvaguardar las identidades nacionales y otros soberanos pruritos de sus miembros… Cuando, por fin, había encontrado ya mi Península Ibérica, en ese momento, la perdía. Intenté mirar más allá de la frontera y comprender lo que hasta los Pirineos se extendía, y cuando apenas me había empezado a acostumbrar al deslumbramiento de esa nueva visión, acudían los políticos que gobiernan en mi país (otros que también me gobiernan no están aquí), acudían, repito, a enseñarme que tales visiones eran anacrónicamente cortas, que si yo quería ser un hombre de mi tiempo tenía que pasar a jurar por Europa, aun no sabiendo exactamente, ni yo ni ellos, qué Europa es ésa que tan bien parece querernos. En resumen: ser ibérico equivalía, o equivale, a rozar peligrosamente la traición, ser europeo representa el toque final de la perfección y la vía ancha para la felicidad eterna.

Ahora bien, coincidiendo más o menos con estas desventuras espirituales, y probablemente también por efecto reflejo de la decepción sufrida al querer llegar a un entendimiento más sensible del pequeño y desde ahora frustrado universo ibérico, volví los melancólicos ojos hacia América Latina donde, a pesar de la cúpula magnífica de la lengua del imperio económico, se sigue hablando y escribiendo en portugués y en castellano. No se trata, claro está, de un descubrimiento repentino, de un hallazgo, de un encuentro de civilizaciones; los escritores de allá, tanto prosistas como poetas, no me eran desconocidos y sabía lo bastante de la historia de aquella inmensa parte del mundo como para no desmerecer en una conversación entre amigos o en un debate público a modesto nivel en cuanto a geografía, debido a mi insaciable curiosidad cartográfica, soy capaz de poner un dedo exacto, sin dudar, en cualquier país que, como test de conocimientos básicos, se me proponga. La diferencia de esta nueva mirada era que una especie de conmoción, un presentimiento, un alborozo incontenible del espíritu me estaban insinuando que la propia Península Ibérica no podrá ser hoy plenamente entendida fuera de su relación histórica y cultural con los pueblos de ultramar y que, de seguir la actual tendencia a la relajación de las capas profundas que nos siguen vinculando a ellos (no confundir con aproximaciones políticas y económicas subordinadas, casi siempre, a intereses de terceros), nosotros, los peninsulares, acabaremos en la incómoda situación de quien, habiéndose sentado en dos sillas no sabe cuál de ellas le ofrece más seguridad, siendo cierto, por otro lado, e insistiendo en la metáfora, que el problema de la identidad de quien así se sentó, no saca provecho de la inestabilidad subsiguiente, al precario estatuto, adoptado del que no supo escapar, cuando todavía estaba a tiempo. Quiero decir, en fin, que esta Península, que tanta dificultad tendrá en ser europea, corre el riesgo de perder, en América Latina, no el mero espejo donde podrían reflejarse algunos de sus rasgos, sino el rostro plural y propio para cuya formación los pueblos ibéricos llevaron cuanto entonces poseían espiritualmente bueno y malo y que es, ese rostro, así lo creo, la mayor justificación de su lugar en el mundo. Admitiría que América Latina quisiera olvidarse de nosotros, sin embargo, si se me permite profetizar, preveo que no iremos muy lejos en la vida si escogemos caminos y soluciones que nos lleven a olvidarnos de ella.

Aunque sin concluir, debo terminar. Escribiré sólo las dos palabras que tengo fijas en el espíritu y que condensan este manojo de ideas desglosadas en concepto: trans-iberismo. Sospecho que hay en ellas la promesa de algo más que un enunciado no carente de sentido lógico. Dicho esto, yendo más allá de la pregunta inicial y proponiendo una nueva, concluyo finalmente: ¿El iberismo está muerto? Sí. ¿Podremos vivir sin un iberismo? No lo creo. Reconozcamos que no iríamos muy lejos por el camino que nos deberá conducir a una amplia y más productiva comprensión de las cuestiones del iberismo, tanto en su expresión local y actual cuanto en sus futuras manifestaciones dentro y fuera de La península, si no empezásemos por conocer a fondo, de un modo crítico y objetivo, el solar literario ibérico. Nos perderíamos, como sucedió tantas veces en el pasado, en los embelecos de una retórica vacía y oficialista, que sería la responsable de los nuevos malentendidos que llegaran a sumarse y a agravar los antiguos. Gracias a los rigurosos y diversificados estudios e indagaciones de César Antonio Molina, reunidos en este libro, la cuestión ibérica, cualitativamente valorada, recobra ahora fuerza y actualidad. Sólo aquellos que todavía se mantienen asidos a prejuicios nacidos de un nacionalismo más defensivo que racional, más hecho de mesianismos que de objetividad, porfiarán en cerrar los ojos. Pero esos, si alguna vez los llegan a abrir, se hallarán, ese día, inmovilizados en la historia, solos.

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Saturday, March 10, 2007

El conde-duque de Olivares (resumen del libro de John Huxtable Elliott)

Don Gaspar de Guzmán y Pimentel, conde de Olivares y duque de Sanlúcar la mayor, dirigió la política española durante la mayor parte del reinado de Felipe IV, los últimos años del predominio mundial español, como define Elliott esta época. El conde-duque fue uno de los políticos más influyentes en el panorama político internacional de su tiempo. Con una enorme capacidad de trabajo y sacrificio, a la par que con una intuición política sin parangón, fue capaz de dirigir la política española en uno de los momentos más delicados, con continuas guerras en Europa y una Castilla, principal mantenedora del imperio ante la indiferencia y desidia de los demás reinos hispánicos, exhausta.

Para entender la labor de Olivares, será imprescindible que tengamos en cuenta su vida anterior a convertirse en el valido de Felipe IV. En primer lugar no pertenecía a una de las principales familias nobles del reino, sino a una de las ramas más recientes de la casa de Guzmán, siendo una constante de su padre y su abuelo –primer conde de Olivares en 1535- hacerse, aunque sin éxito, con la fortuna de la casa de Medina Sidonia. Pero además, don Gaspar no era ni siquiera el primogénito de su casa, sino el tercero de los hermanos, por lo que en un principio no estaba destinado a suceder a su padre y entrar en política, sino a la carrera eclesiástica. Ello le permitió gozar de una formación universitaria muy poco frecuente en la nobleza de su época.

Dentro de su formación también es importante tener en cuenta los continuos viajes por el extranjero en su infancia, lo que también era poco frecuente a la par que enriquecedor culturalmente. Su Padre, don Enrique de Guzmán, era diplomático de Felipe III y el propio Gaspar había nacido en Roma siendo su padre embajador ante el Papa Sixto V,  no llegando a la península hasta tener la edad de 14 años.

Su padre fue muy cuidadoso con la educación de su tercer hijo, una educación integral que concedía igual importancia a la formación cultural, física –practicaba hípica y esgrima- y religiosa. Le envió a estudiar a la universidad de Salamanca con 14 años. Esta universidad era la más importante de su tiempo y en ella don Gaspar llegaría a ser rector –en esa época este cargo lo ocupaba el estudiante de familia más eminente y con mejores resultados académicos- siendo este uno de los periodos de su vida personal que más le marcarían y de los que siempre guardó un grato recuerdo. Junto al joven don Gaspar su padre envió a diecinueve criados con instrucciones muy estrictas acerca de la formación que debía recibir su hijo y de la cual hacía responsable a la vez que partícipe. De su etapa como rector será de la que se sienta más orgulloso a lo largo de su vida.

De esta etapa Olivares adquirirá, además de conocimientos muy útiles en ambos derechos, civil y eclesiástico, su reconocido gusto por las letras –no en vano, estando ya en el gobierno de su majestad llegó a hacerse con una de las más importantes bibliotecas privadas de su tiempo- y conoció a algunos de los grandes eruditos de su generación. Pero quizá el conocimiento más importante de los que adquirió, y en ello fueron parte decisiva las instrucciones que su padre entregó a los criados que lo acompañaron a Salamanca, fue la retórica, el arte de hablar en público y debatir, alcanzando una destreza que lo harían muy popular. En cuanto a su personalidad, era bastante compleja y un tanto difícil para los que le rodeaban. Fue un hombre de un gran temperamento, hiperactivo y ambicioso, sediento de adquirir nuevos conocimientos que pudieran serle útiles. No gustaba de dejar nada al azar, le gustaba de controlarlo todo personalmente. Se dice de el que quería serlo saberlo y hacerlo todo.

Siendo rector en Salamanca falleció su hermano mayor, Jerónimo,  segundo de los hermanos, cuando Gaspar contaba con 21 años. De este modo, y en contra de lo esperado, se convierte en heredero al condado de Olivares, por lo que su padre lo manda llamar a Valladolid donde recibiría formación cortesana. Sería en 1607, con tan sólo 20 años, cuando se convierte en el tercer conde de Olivares y comienza la tarea inacabada por su padre de lograr para su familia la honra y fortuna de los duques de Medina Sidonia.

Al heredar el título de su padre, gasta una enorme fortuna en cortejar a su prima Inés de Zúñiga, dama de honor de la reina Margarita. Con este matrimonio planeaba una doble estrategia. Por un lado unía las dos ramas menores de los Guzmán, y por otro se acercaba a la corte, y por tanto a sus ambiciones de las que su esposa se mostró una colaboradora eficaz y una confidente fiel. Pero en un primer momento no logra obtener un cargo que le permitiera hacer carrera en la corte, lo que unido a los gastos que ocasionaba vivir en la misma tuvo que alejarse por un tiempo, hasta 1615, retirándose a Sevilla donde puede poner orden en sus negocios y continuar con su formación a través de lecturas reposadas por su ya mencionado afán de adquirir conocimiento, aunque lo hacía de un modo un tanto irregular e indisciplinado.

En 1615 consigue su ansiado cargo en la corte. Con 28 años es nombrado gentilhombre de cámara del príncipe Felipe, futuro Felipe IV, lo que fue primordial para su carrera política. Su influencia sobre el joven príncipe fue notable, aunque en un principio suscitó rechazo en el heredero por su fuerte carácter,  sus continuos cambios de humor y su poco agraciada presencia física y su salud enfermiza. Sufrió continuas humillaciones y desaires por parte del joven príncipe al que Olivares le daba la impresión de ser una persona extravagante. Pero a pesar de este rechazo inicial y a la dura competencia entre los cortesanos por ganarse el favor del príncipe, Olivares, con su gran capacidad de trabajo y para alagar al príncipe, supo hacerse poco a poco con un lugar de preferencia en el séquito.

La caída del duque de Lerma, valido de Felipe III, supuso un cambio en la posición personal de Olivares, quien buscando apoyos para su causa los encontró en Fernando de Acevedo, el arzobispo de Burgos y, sobre todo, en don Baltasar de Zúñiga, su tío y persona de gran prestigio en la corte por los servicios prestados a la corona y su gran formación política e intelectual, quien estaría llamado a ser sucesor de Lerma en el gobierno cuando en marzo de 1621 fallece Felipe III y el nuevo e inexperto rey toma entre primeras medidas, según parece a instancias de Olivares, a nombrar al veterano Zúñiga, de 70 años, quedando don Gaspar, de 34 y aun con poca experiencia política y administrativa, entre bastidores. Parece que no quería estar, al menos de momento, en primera línea de la política.

A los diez días de la llegada al trono de Felipe IV finalizó la tregua de 12 años con las provincias holandesas, estando los nuevos dirigentes españoles menos interesados en mantener la paz que la administración Lerma, lo que si bien beneficia a la corona hispánica en cuanto a su prestigio, cuestión de primordial importancia para los hombres de la época, deja a Castilla con un deterioro económico aun mayor que el que heredaba. En la época de Felipe IV, hay un deterioro político y económico sucediéndose las Bancarrotas, en 1627, 1643, 1656 y 1664. Situación que Olivares sabría, por lo menos, disimular convenientemente cuando llegara al gobierno. Pero por el momento estaba en un segundo plano tras el carismático Zúñiga, el cual le formaría en el arte de gobernar mientras se afianzaba aun más su posición en palacio.

La aspiración de Zúñiga, y también la de Olivares, era volver a la situación de Felipe II, restaurar a toda costa la reputación de España, afirmar los derechos e intereses del rey sin dudar en recurrir a la guerra si se consideraba necesario. Olivares fue un digno discípulo de su tío y siguió fielmente sus planteamientos de revitalización de la monarquía hispánica, labor a la que estuvieron por completo entregados, aunque con el aspecto negativo que con su actitud y actuaciones habían alertado a los potenciales enemigos de España.

El 7 de octubre de 1622 fallece don Baltasar de Zúñiga. Todo parecía indicar que su sobrino lo sucedería en el cargo, pero contrariamente a lo que se daba por seguro en la corte, Olivares rechaza el cargo aceptando en cambio otros puestos como un lugar en el Consejo de Castilla. Se nombra un triunvirato para que se hiciera cargo de las decisiones del poder, tras del cual aparecía la sombra de Olivares. No parecía muy interesado en ocupar el cargo de valido para evitar cualquier comparación con Lerma. Pero la situación aceleró la necesidad de que Olivares ocupara el cargo de ministro principal del rey, cuando a finales de 1623 viene a España en visita oficial del príncipe de Gales con el duque de Buckinghan, principal ministro del rey inglés. Hacía falta que en esta visita Buckinghan se encontrara con un equivalente español, y el candidato idóneo tanto por su preparación como por la confianza del rey era Olivares. Con esta visita vemos como enseña que este fenómeno del valido no es únicamente hispánico, ya que el Conde-duque pertenecía a la generación de consejeros reales que se prodigaba en toda Europa, como el mencionado Buckinghan en Inglaterra o el cardenal Richelieu en Francia. Olivares, como ellos, cree en las grandes posibilidades que ofrecía una organización más racional del Estado, y reflejó en su programa político en este empeño. Así pues, Olivares se plantea el comenzar las reformas desde arriba del Estado, hasta alcanzar al menos el nivel de esplendor logrado con Felipe II. La visión de éste era la de una sociedad Justa y equilibrada.

Durante los primeros años del reinado de Felipe IV, este mostraba poco interés por los asuntos de Estado, prefiriendo delegar en Olivares, quien aliviaba al joven e inexperto rey con su infinita capacidad de trabajo y trato diligente. A la vez de servir a su rey, lo instruía. Por ello gozaba de acceso directo a su persona, además de su gratitud traducida en honores y prebendas. Pasados los años y tras varios disgustos personales serios, caso de la pérdida de su hija en 1637, Olivares está cansado mentalmente, su trato es cada vez más difícil con continuos y cada vez más fuertes cambios de humor y además Felipe IV se muestra cada vez más desenvuelto en tareas de gobierno, para lo que Olivares se había preocupado mucho de su formación. Pero a pesar de eso, sigue al frente del gobierno ya que su capacidad de trabajo sigue siendo asombrosa y porque sus dotes adulatorias le permitieron poder seguir gozando del favor del rey, lo único que realmente lo mantenía en el poder.

A lo largo de su gobierno, Olivares sostuvo el ideal castellano de  gobierno conciliar, pero decidido a que la política fuera la suya, para lo que necesitaba, además de partidarios en puestos clave, demostrar que su programa de gobierno estaba bien fundamentado. Pero para crear un sistema acorde a sus ideales necesitaba tiempo. Necesitaba situar a sus partidarios en puestos claves cuando la ocasión lo propiciara, y para ello en ocasiones debía recurrir a las criticadas prácticas de Lerma.

Existe una dicotomía en su programa de gobierno; por una parte, pretende volver a la misma situación del siglo XVI: una sociedad estamental tradicional, así como normas y valores tradicionales propias de la misma. Pero por otra, una regeneración económica exigía cambios radicales en la sociedad. En este empeño Olivares encontró fuertes oponentes, sobre todo por parte de una nobleza que se vio amenazada. Tuvo un intento de reformar a este estamento nobiliar con la fundación del Colegio Imperial para la educación de los jóvenes nobles, formación militar, geográfica, técnica, mecánica, etcétera. En este aspecto habría que recordar la importancia que Olivares le daba a la formación por su propia experiencia vital. Pero este fue un proyecto educacional resultó fallido. Por otro lado acabó con la exención fiscal de las capas altas, al menos en la práctica, con los donativos forzosos y el resurgir de las viejas obligaciones feudales.

Impulsado por la guerra contra los rebeldes holandeses, Olivares decide reforzar el poderío naval español, para lo cual se resucita a la Junta de Armadas, haciéndose necesario recurrir a expertos en marina. Paralelamente y de acuerdo a las pretensiones de los mercantes se intenta fomentar el comercio, albergando la esperanza de un desarrollo mercantilista en España. Pero debido a la guerra estas esperanzas se ven frustradas, así como a la resistencia de las ciudades a perder sus privilegios si se creaba un sistema bancario nacional que consideraban les resultaría oneroso.

Olivares intenta poner orden en el complejo sistema fiscal y económico hispano, así intenta equiparar los gastos e ingresos de la hacienda, pero las dificultades de lograr recaudar más dinero sin agravios eran demasiadas, y no fue la única reforma a la que tuvo que renunciar el conde-duque, quien llegó a suscitar desconfianza entre los sectores más ilustrados y emprendedores de la sociedad urbana castellana a quienes debían dirigirse estas medidas.

En política exterior, el hecho más notable de estos años sería la Guerra de los 30 años, una guerra en la que se ve envuelta Europa entera en la que se enfrentarán el imperio de los Habsburgo austriacos, defensores de la causa católica, y con apoyo de la monarquía hispana, contra las potencias protestantes: Dinamarca, Suecia, Holanda e Inglaterra y otras potencias igualmente católicas, pero enfrentadas al imperio y a España por cuestiones políticas,  Francia, Saboya y Venecia.

Entre 1626-29, los ejércitos Imperiales y españoles, mandados por Wallensteín y Tilly, habían derrotado a Cristian IV de Dinamarca obligándole a firmar la paz de Lübeck. Surge ahora un enemigo importante: Gustavo Adolfo de Suecia, con éste el ejército sueco logra una gran victoria en Lützen, donde pierde la vida su jefe. Al tiempo Wallenstein es asesinado. España manda a don Fernando, el Cardenal-Infante, hermano del rey, es cual obtiene una gran victoria en los llanos alemanes de Nördlingen Se firma la paz de Praga, con la que finaliza el tercer periodo de la Guerra de los Treinta Años.

Dentro de este conflicto también se distingue un conflicto latente entre una pujante Francia que estaba resolviendo sus problemas internos y se estaba haciendo un lugar preeminente entre las potencias europeas gracias a los esfuerzos del primer ministro, el cardenal Richelieu, y una decadente España en la que los problemas internos eran cada vez mayores a pesar de los esfuerzos de Olivares. Las esperanzas hispanas se centraron en una guerra corta, y para ello era necesario un avance fulminante sobre París, el cual parece ponerse al alcance de las tropas españolas en los primeros momentos de la guerra aunque fracasó por la ausencia de una ayuda demandada en su momento a España, donde también se estaban haciendo cada vez más acuciantes los problemas económicos. Hacía falta dinero y Olivares, en contra de su propio criterio puso en marcha todos las recursos, tales como la acuñación de más monedas de vellóncon riesgo de caer en la Inflación. Pedir a las Cortes  un tributo extraordinario de nueve millones de ducados, además de donativos nacionales.

Durante algunos años Olivares pudo mantener el equilibrio, pero las cuantiosas pérdidas fueron acabando con el poderío español, hasta 1640, año en el que estalla en España las guerras internas que acabarían por despojarle de su predominio sobre Europa.

El mayor problema de España es que toda la carga, tanto fiscal como militar, la soportaba Castilla. Olivares era consciente de ello, y para ello quiere hacer partícipes a los demás reinos y territorios hispanos, demasiado aferrados a sus fueros y privilegios, partícipes de este esfuerzo. El problema está en que estos reinos se mostraban en todo momento recelosos con lo que desde la corte se les indicaba, temerosos de caer en un centralismo castellano, ya que se contemplaba a Castilla como monopolizadora de la política y de la corona. Estos territorios eran reinos sin rey, con un rey sólo de Castilla y nominalmente de sus territorios, alejado, y no sólo físicamente, de las identidades y necesidades de esos otros súbditos.

A este problema Olivares intenta poner solución mediante la Unión de Armas. Pensaba el conde-duque, desde una óptica eminentemente castellana, que estos reinos tendrían la misma necesidad que Castilla en defender a su rey en las numerosas guerras en las que se hallaba envuelto por Europa. De este modo, pensaba Olivares, Castilla podría aliviarse de las cargas que padecía y los demás reinos, al verse tenidos en cuenta en la política internacional de su rey con sus propios ejércitos, se sentirían más partícipes de las grandes decisiones del reino. Pero no tuvo en cuenta las enormes reticencias que estas medidas suscitarían en estos reinos, dándose el caso que el Consejo de Portugal se negó a enviar tropas para liberar Brasil, colonia suya, de los holandeses que se habían adueñado de ella.

Lo que no pudo tener en cuenta Olivares es que a diferencia suya, los naturales de estos territorios no sentían con el mismo entusiasmo la lealtad por su rey. Los naturales de estos territorios, por encima de la lealtad a su rey, comienzan a sentir lealtad por su nación, aunque este concepto fuese todavía algo impreciso. Esta idea empieza a conformarse en esta época como una identidad grupal, vinculada a un determinado territorio a la que irían virando las lealtades de sus habitantes dejando de lado a un rey que sienten cada vez más lejano. Al conde-duque no se le podría calificar como patriota ni nacionalista ni otro término parecido porque sencillamente toda su lealtad iba encaminada a su rey. Para él  la idea de una lealtad distinta a la del rey, a una persona física que encarna unos determinados valores no es concebible.

A lo largo de la década de 1630 las revueltas en el resto de reinos peninsulares se irán haciendo más frecuentes, llegando a su punto álgido en 1640, cuando Portugal y Cataluña se levantan en pos de su independencia.  Cataluña y Portugal, gozaban en esos años de prosperidad económica en contraposición a Castilla, temiéndose sus élites que de seguir unidos a Castilla deberían esperar un empobrecimiento progresivo, hasta alcanzar la miseria a que había llegado Castilla.

 

En Portugal se produce, esencialmente, un movimiento de elites, aunque también contó con el inestimable apoyo popular. Se produce una rápida y sorpresiva sublevación en la que participan la mayoría de las casas nobiliarias portuguesas con un considerable apoyo popular, que la hacía difícil de contener. Cuando llegó la noticia de la rebelión a Madrid, el duque de Braganza era ya Juan IV de Portugal.

En Cataluña se produjo una revuelta popular de campesinos que se fue extendiendo por las ciudades. Comienza por un levantamiento campesino en las calles de Barcelona ,el llamado Corpus de Sangre. Este levantamiento se debe, entre otras cosas, al descontento provocado por la concentración de soldados extranjeros en Cataluña para acudir a las guerras europeas.

Como intento para sofocar el movimiento, Olivares nombró virrey a un catalán, el duque de Cardona, tras el asesinato del anterior virrey, el conde de Santa Coloma, pero su medida que no sirvió de nada y los sublevados llegan incluso a pedir ayuda a Francia y en compensación nombran a Luis XIII conde de Barcelona.

Pero además de estas dos revueltas, había otras en la Península:Andalucía se levantaba en conexión con Portugal, de manos del duque de Medína-Sidonla y del marqués de Ayamonte.

También en Aragón hubo revueltas, con el virrey a la cabeza y el duque de Bajar junto con Carlos Padilla, en conexión con el alzamiento Catalán.

Las revueltas de Sicilia y Nápoles fueron posteriores a 1640, año en que cayó Olivares y era sustituido por el conde de Haro, quien tenía la difícil tarea de poner fin a los alzamientos internos y alcanzar la paz.

El rey hispano ya no debía luchar por su hegemonía en Europa, sino por su unidad interna. Por primera vez desde la Reconquista, España tenía dos frentes internos peninsulares. Esto es significativo de la crisis sin precedentes a la que debía enfrentarse la monarquía hispana y a su pérdida de peso,tanto a nivel interno como externo.

1640 marcaría el principio de su declive. Las revueltas secesionistas por un lado y el descontento popular y en la alta nobleza contra el valido por la acumulación de cargos en su familia facilitaron la conspiración del duque de Medina-Sidonia y otros nobles de la corte, donde se había quedado sin apoyos. Tras el fracaso de la expedición real a Cataluña en 1643 se le ordena salir de la corte, viéndose obligado a marchar a Toro, donde residía su hermana Inés, marquesa de Alcañiz. Allí murió en 1645 sin dejar descendencia directa, extinguiéndose con él su rama familiar.

Posted by Juan A. Sánchez at 21:04:15 | Permalink | No Comments »