Wednesday, April 2, 2008

Antonio Cabezas: de jesuita a japanólogo (por Gerardo Macías)

Originalmente publicado en el periódico El Fantasma del Conquero nº 3 (Marzo de 1999)

Antonio Cabezas García nace el 18 de Febrero de 1931 en La Palma (provincia de Huelva), a cuyo nombre, él mismo nos comenta, “el Gobierno de Primo de Rivera le añadió la coletilla del Condado en 1928, cuando en realidad La Palma nunca ha pertenecido al Condado de Niebla”.
Antonio vino al mundo el Martes de Carnaval de 1931, a las tres de la tarde, y cuenta la anécdota de que “ese día y a esa hora, España no tenía Gobierno. Dámaso Berenguer acababa de dimitir y al poco de nacer yo, entró Juan Bautista Aznar”. Antono Cabezas crece, pues, en la España de Aznar, aunque no sea el que todos conocemos hoy en día.
Antonio Cabezas fue bautizado el 14 de abril, el primer día de la República: “fue por casualidad, por enfermedad de mi madre no pudo hacerse antes”.
Tras la Guerra Civil, Antonio y su familia abandonaron Huelva. Marcharon primero a Valencia y luego a Francia. Posteriormente volvieron a Huelva.
Antonio Cabezas pertenece a la tercera promoción de los Maristas de Huelva, y vio como el Colegio pasaba de la calle La Fuente a Isaac Peral, y de ahí a la calle San Andrés, la última antes de la ubicación actual.
En 1949 ingresó en los Jesuitas y solicitó ir de misionero a Japón. Primero estuvo en Irlanda para aprender inglés y filosofía, entre 1954 y 1957. En Irlanda se encontró por primera vez en una comunidad internacional. El 6 de agosto de 1957 llega a Japón, coincidiendo con el decimosegundo aniversario de la explosión de Hiroshima.
Durante seis meses estuvo enseñando español a los soldados norteamericanos: “todavía no dominaba el japonés, pero sí el inglés”, comenta Antonio.
Posteriormente, y durante dos años, estuvo estudiando japonés en la Casa de Lenguas de Japón. Más tarde entró como Profesor de Latín y Filosofía en la Facultad de Teología de la Universidad de Sofía, en Kyoto: “aquello era el equivalente a nuestros seminarios; mis alumnos eran futuros sacerdotes”. También allí, el mismo Antonio estudió Teología, “teniendo como compañeros a mis propios alumnos”.
En 1961 entra a formar parte del Club de Kárate de la Universidad de Sofía.
Por fin, en 1964 se ordena como Sacerdote Jesuita. “Pero no era tan sencillo, a la ordenación seguía un año de estudios de Teología, seguido de otro de meditación en Hiroshima, casualmente en una casa en la que había vivido el Padre Arrupe”, recuerda Antonio Cabezas.
En 1966 es destinado a Shimonoseki como ayudante de una parroquia. “Además seguí con el kárate, con el profesor Shiokawa, que era cinturón negro noveno dan”.
Antonio Cabezas cuenta con orgullo que “junto al gaditano José María Espinosa fui el primer español que hizo kárate. Posteriormente, en 1966, empezó el Rey Don Juan Carlos, que todavía era Príncipe de Asturias, por consejo de su cuñado Constantino de Grecia”.
De todo esto queda constancia escrita porque el antiguo diario Odiel publicaba mensualmente y a toda página una crónica enviada desde Japón por Antonio Cabezas: “lamentablemente no conservo ningún recorte debido a mis continuas mudanzas”.
Solicitó permiso a Roma para abandonar la Orden Jesuita, y desde 1967 trabajó como Profesor de Lengua y Cultura Españolas en la Universidad de Estudios Extranjeros de Kyoto. “Allí fue donde mis colegas me animaron a traducir obras del japonés al español”. Estas clases las impartió durante treinta años, y actualmente es Profesor Emérito de dicha Universidad.
Desde mucho antes de que se pusiera de moda el manga en todo el mundo, Antonio Cabezas cuenta en su haber con traducciones de obras literarias japonesas tan importantes como Un Puñado de Arena, de Takuboku (la primera traducida por Antonio); Manioshu, la primera obra conocida escrita en japonés; y Cantares de Ise, entre otras muchas.
Antonio Cabezas García es uno de los más importantes japanólogos españoles, y en su carrera ha conocido a gente como Fernando Sánchez-Dragó, “en un congreso de hispanistas, cuando Fernando todavía no era famoso”.
En 1996 el Rey le otorgó la Encomienda de la Orden de Isabel la Católica en reconocimiento a sus trabajos de docencia y sus publicaciones
En la década de los 90, Antonio se dedicó a escribir estudios sobre la cultura y la literatura japonesas. Tampoco se olvidó de Huelva porque junto a su hermano Manuel hizo un estudio sobre el fandango de esta provincia y tiene inédito, esta vez en solitario, el libro Magia, Misterio y Mensaje del Rincón Onubense, en el que habla de Huelva desde el punto de vista de una persona que ha estado lejos de ella durante cincuenta años.
En Junio de 2003 el Emperador del Japón le otorgó la Condecoración de la Orden del Sol Naciente, Rayos Dorados y Roseta. La ceremonia, en la que, además de muchas personalidades, amigos y familiares de Antonio, estuvo presente quien esto escribe, se celebró en la Urbanización Puerta de Hierro de Madrid, en el Palacio del Embajador del Japón.
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Tuesday, May 15, 2007

30 años de la reanudación de relaciones España-México: Un capítulo poco estudiado de la Transición española (por Marcos Marín Amezcúa)

La reanudación de relaciones diplomáticas entre España y México, ocurrida el 28 de marzo de 1977, hace ya treinta años, se inscribe en el marco de la Transición española y dentro de un, según parece, poco estudiado capítulo de política exterior de este periodo, asignatura las más de las veces no vista más allá de la insistente mirada española puesta en la entrada a la entonces Comunidad Económica Europea (CEE). Conviene pues recordarlo: En el rubro de política exterior española, también se produjo una transición, caracterizada por un cambio sustancioso de mentalidad y de intereses a defender por parte de España, que involucró, como un rubro a destacar, una política de acercamiento hacia México; un tema que se ha quedado un poco de lado y es pertinente recuperar para la memoria compartida hispanomexicana.

 

En efecto, tras la muerte de Franco en 1975 y el cese de su régimen, España apostó por actualizar su agenda diplomática; acción necesaria para modernizar su propia visión del mundo, tras un aislamiento poco a poco remontado pero siempre profundo, en que estuvo inmersa tras la Guerra Civil y la Segunda Guerra Mundial; aislamiento muy marcado al momento de morir Franco. En ese marco de transformaciones a que se sometió España, se produjo la reanudación de relaciones diplomáticas con México, un gesto de gran significado para ambos países y con una trascendencia formidable en el contexto iberoamericano.

 

Es probable que tal reanudación de relaciones se inscribiera en la revitalización general de ellas, caracterizadas por gestos significativos como el deseo expreso del Rey Juan Carlos I por acercarse a Iberoamérica, manifiesto desde su primer viaje a la región (Ocurrido en 1976), el primero oficial efectuado por un monarca español a la América hispana desde 1492; y que en particular, el acercamiento con México se trató de un acto que no era ni es poco ni está sujeto sólo a retórica o formulismos, pues no era uno más en una agenda, tal como podría entenderse así en nuestro tiempo o pudiera verlo así quien no sea español o mexicano, pudiendo extrañarse por la insistencia en ese asunto, expresado de manera permanente y alrededor de este trigésimo aniversario, pues la ruptura fue profunda. Esto es importante mencionarlo a quienes nos leen y no son ni mexicanos ni españoles.

Sí en cambio, fue un acercamiento sujeto naturalmente a los procesos internos desatados durante la Transición española misma, que condujeron al unísono a tomar medidas tales como la inserción de España en la CEE, en la OTAN o incluso, con el restablecimiento de relaciones con la Unión Soviética o el contacto oficial con Israel, eventos sucedidos a lo largo de la siguiente década tras el final de la dictadura. Asimismo, al otro lado del Atlántico, por la parte mexicana se hallaban la imperiosa necesidad de revitalizar unas relaciones perdidas, el seguimiento a los cambios políticos ocurridos en España desde noviembre de 1975 y la coyuntura favorable del inicio del gobierno del presidente López Portillo, en diciembre de 1976 (Proclive en su persona, a lo español), que animaron a ese posible acercamiento, que ofrecían en conjunto la oportunidad de efectuarlo.

 

Tal aproximación no era menor, pues suponía un reencuentro con el pasado inmediato, doloroso y complejo, en el marco de relaciones estrechas, acompañado con un generoso deseo de reactivarlas en lo diplomático, si bien se trataba de unas relaciones entre dos países que, desde 1821, tuvieron muchos altibajos y desencuentros (Que son todo un capítulo interesantísimo de historia diplomática).

 

En su momento, Octavio Paz destacó __con un entusiasta sentido de oportunidad__, que la reanudación de relaciones diplomáticas entre España y México, era el esperado reencuentro de dos viejas amigas que mucho tenían que contarse. Y así sucedió. En tres décadas se ha recuperado por mucho el tiempo perdido y no pueden pasar desapercibidas las muy fluídas relaciones entre ambos países. España tiene en México un interlocutor de altura y su principal socio en Iberoamérica (16 mil millones de dólares invertidos). México inscribe a España como primer socio de entrada en la UE. Ambos son pilares complementarios de la Comunidad Iberoamericana. La dinámica como interlocutores para Europa y América Latina, respectivamente, supone una intensa relación. México posee un amplísimo Tratado de Cooperación con la UE de carácter preferente (Único en su tipo para esta región) y es el primer inversor de Iberoamérica en España. En el derecho internacional mexicano, el tratado de extradición con España es de los más completos (Con miras a combatir células terroristas que opten por refugiarse en México y también ha servido para cazar políticos corruptos que se fugan a España, quizás míopes de la existencia de tan eficaz instrumento).

 

Cabe reparar en el origen de la ruptura, causada por el triunfo militar del General Franco en 1939, y la respuesta de apoyo a la Segunda República seguida de un copioso exilio a México, que apostó desde allí por regresar, tras la muy deseada caída del Generalísimo. Pero al mismo tiempo, esa reanudación del ‘77 no se quedaría en el recuerdo o el reproche velados, sino que suponía oportunidades y un futuro amplísimo en la medida en que ambas partes quisieran extenderlo, como afortunadamente ha venido sucediendo. Ambas partes se saben y se reconocen en la otra. Y ese es el triunfo alcanzado en esta reanudación.

 

Como se ha mencionado, el origen de esa larga ruptura provino del apoyo abierto prestado por el presidente Cárdenas a la derrotada Segunda República Española (Armas, dinero, hombres, respaldo diplomático, asilo y hasta la arenga del día de la Independencia de 1937, en que el presidente Cárdenas vitoreó a la República desde el Palacio Nacional de México), al considerar ilegítimo el pronunciamiento del 18 de julio de 1936 que marcó el inicio de la cruentísima Guerra Civil española (1936-1939); considerando que se atentaba contra un gobierno electo, muy valorado desde 1931 pues, además de republicano, en mucho sentíase cercano a la idiosincracia republicana de la América hispana, que entusiasta lo acogió. Por supuesto, enalteciendo en ello todo un imaginario al respecto del “ser republicano”.

 

El activismo del gobierno mexicano fue manifiesto desde el primer momento. Su postura era recalcitrante y se empeoró al triunfo del movimiento nacional. Un despliegue diplomático en pro de los refugiados españoles en Francia y la alianza de México con Estados Unidos y Gran Bretaña en la Segunda Guerra Mundial, frente a una España situada en el bando contrario junto a los países del Eje, imposibilitaron una pronta reanudación de relaciones tras ese periodo y sumándose a ello la supervivencia política de Franco. Quedaba claro que mientras gobernara, sería imposible normalizar las relaciones. Encima, México acogió al gobierno de la Republica española en el exilio, así como a los gobiernos vasco y catalán también en el exilio. El aislamiento de España se encontraba con el activismo mexicano en contra el gobierno franquista, instado y atizado desde adentro por esos mismos refugiados, aún en fechas tan tardías como 1974 y desde la palestra de la ONU.

 

El gobierno de la Segunda República española en el exilio, alojado en México, supo prolongar la ruptura en tanto viviera Franco y contó para ello con los herederos del Cardenismo, dispuestos a ser fieles a la causa republicana española, justamente por serles una herencia discursiva. Es previsible que del lado español, pese a que hubo intentos de acercamiento, no variara mucho la política hacia México, planteada por las élites como venía efectuándose, en tanto se prolongara la dictadura. Ergo, como puede observarse, todos los actores vivían tirando de la misma cuerda y a su modo.

A su vez, la ruptura de relaciones diplomáticas (Que no comerciales, culturales y personales), hizo que el nombre de México casi desapareciera de la geografía española de manera muy notable (Es previsible que por consigna, a diferencia del de Argentina, por ejemplo y por razones sabidas y concretas de acercamiento al Franquismo); mas no se pudo pasar por alto la memoria del exilio, la relación formada a través de siglos de intercambio y el deseo de sectores diversos en ambas sociedades, al admitir del anacronismo por no mantener relaciones directas entre ambos gobiernos, una vez que cambiaron las condiciones políticas españolas y atemperaron las mexicanas, a mediados de los años setenta.

 

Por todo ello, cabe congratularse de que una nueva generación de españoles y mexicanos apostaran por una reanudación que ha sido altamente fructífera en absolutamente todos los frentes, desde el empresarial hasta el intercambio cultural, dejando atrás los rencores suscitados a raíz de la victoria de 1939, que dividió a los españoles y afectó a los mexicanos. El restablecimiento de relaciones diplomáticas confirmó lo que siempre se supo: Lo sucedido en ambos países nunca resulta indiferente al otro. Acaso ese conocimiento mutuo debiera profundizarse, mas no por ello denosta el actual saber por el otro.

 

Al reanudarse los intercambios diplomáticos, muchos españoles avecindados en México decidieron regresar a España, muchos prefirieron no hacerlo, incluso por razón de encontrar una España cambiada que les era un tanto ajena por lo diferente que la percibieron tras cuatro décadas de ausencia, pero en todo caso no habían perdido por ella ni su sentir de españoles ni el deseo por su bienestar y desde lejos, siguieron alimentando el deseo para que ésta prosperara. Para ellos también los logros de España en esa transición, eran sus logros. Su lejanía física no les hizo renunciar a su recuerdo. Todavía hoy existe sobre el Paseo de la Reforma en la Ciudad de México, una escuela primaria pública que lleva por nombre “República española”. Es curioso considerando que es sostenida por el gobierno mexicano que canceló las relaciones y la representación del gobierno de la República española en el exilio y que pasó a renglón seguido, a establecerlas con el Reino de España. Mas queda la memoria histórica, siempre insalvable, siempre presente.

 

La apuesta por el futuro guía hoy unas relaciones diplomáticas calificadas en ambas orillas del Atlántico, como inmejorables y en el mejor punto de su casi bicentenaria historia.  Más allá de tópicos, las relaciones bilaterales han sido definidas por el presidente mexicano Felipe Calderón, durante su reciente visita a España, como la de socios valiosos y confiables. En todos los ámbitos se notan los alcances de una cooperación amplísima, que cuenta con dos vertientes que, acaso, no se localizan en el resto de las relaciones de España con Iberoamérica y que cabe destacar: Por un lado, el  incremento del 135 % en los índices de intercambio comercial __Favorables a España, según se dijo en la visita a México de fines de 2005, del Ministro de Exteriores español Moratinos__ ,  y en lo humano, una relación entre ambos pueblos abierta, directa y poseedora de un lenguaje cercano, claro y sincero. En suma, que se puede expresar de frente. Ello le otorga un plus a las relaciones en todos, absolutamente todos los frentes y niveles de esta relación y las cifras y las opiniones así lo reconocen. Niveles que van desde el diplomático hasta el personal.

 

Así lo reconocía el 15 de marzo de 2007, la Subsecretaria de Relaciones Exteriores de México, durante el acto efectuado en la Casa de América en Madrid, con motivo de esta conmemoración, resaltando el insospechado alcance de esa reanudación. A los mexicanos y españoles de hoy puede parecerles normal que las banderas de ambas naciones ondeen en la embajada situada en las respectivas capitales o encuentren normales, lógicos, cotidianos o necesarios los vuelos directos entre México D.F. y Madrid. Hace treinta años era imposible. Dos generaciones tuvieron que asumir el hecho de las inexistentes relaciones diplomáticas con una tortuosa ruta obligada triangulándola vía París. Fueron relaciones que llegaron a tiempo para la globalización que hoy exige un contacto directo basado en la tecnología, la cooperación y la estrecha relación en todos los niveles. Las siguientes dos generaciones al ’77, asumen con naturalidad esa relación, hoy cercana para beneficio de ambas partes y mejorable en todos los sentidos.

 

Quedan sí pendientes por resolver, como en toda relación entre dos pueblos. La responsabilidad de que se engrandezcan las relaciones bilaterales, de que se nutran y se enriquezcan haciendo uso de todas sus potencialidades, corresponde a ambas partes. No son relaciones exentas de roces, de ponderables por atender, de reconsideraciones en sus metas y objetivos a mediano y largo plazo, pero hay una certeza: La garantía de que los planteamientos pueden hacerse de manera frontal, directa, sin ambages, siempre que medie la buena fe de los interlocutores. Cabe insistir en ese aspecto.

 

Una muestra de la certeza que mueve a tales relaciones es la siguiente: Como muchas otras cosas, episodios en común hoy están sujetos al revisionismo histórico; así, se han alzado voces (Que no vivieron el exilio del ‘39), señalando que México escogió a quién debía recibir tras la Guerra Civil. Que no hubo por lo tanto, tal altruismo a favor de los republicanos y que en realidad, una vez en México, se les negó la entrada en la sociedad mexicana. Es preciso no olvidar que en un acto soberano, México en muchos casos sí y en muchos otros no, escogió a quiénes recibir, pues la opción por México la extendió el propio gobierno mexicano y fue él, el que dispensó los medios de traslado; cabe recordar, también cómodamente y a toro pasado, que las opciones del exilio, en el estrecho margen de opciones que tenían sus protagonistas, pasaban por África sahariana, Europa del norte o la Unión Soviética, cuando la mayoría de los estados hispanoamericanos (Cuba, incluso), se negaron a extender auxilios a los republicanos. Y entonces, muchos optaron por México, que les otorgaba esa oportunidad de recibirlos.

 

Por lo demás, se suele decir en voz baja (Más o menos), que fueron los viejos residentes españoles avecindados en México (monárquicos los más, conservadores, llegados en distintas etapas y por distintos motivos a México, pero todos décadas o años antes de la Guerra  Civil),  los que sí cerraron las puertas a sus compatriotas que huían de España, acusándolos de “rojos” e instaron por muchos medios a que México no prestara la ayuda planeada para ellos, advirtiéndole que eran la causa directa de la catástrofe que vivía España al llevarla con sus ideas socialistas, a una guerra civil. Grupos conservadores mexicanos se alteraron ante tales descripciones. La memoria histórica no puede equivocarse. En consecuencia, amén de ingresar a las mejores instituciones mexicanas, los republicanos en México también crearon sus propias instituciones a falta de aceptación en los centros regionales españoles ya establecidos y no por falta de apoyo de México. En México no les faltó pan, trabajo, paz, libertad y la oportunidad de emprender una nueva vida, dejando allí su esfuerzo siempre reconocido. Finalmente años después, cierto es que en algún momento estos centros anteriores abrieron sus puertas a los recién llegados, para quienes quisieran pasarse por allí, a lo que muchos republicanos y sus descendientes, se han negado.

 

Quedan  pues, treinta años de fructíferos logros, de relaciones intensas de ida y vuelta, de redescubrimientos y de reconocimientos, reflejados no sólo en cifras comerciales, turísticas y económicas en general, sino en el número de acuerdos, de alianzas, de intercambios culturales y educativos y de una notable capacidad de diálogo. El nuevo embajador español Angúlo tiene grandes retos, pues su antecesora fue muy activa y le deja la vara muy alta; el gris y saliente embajador mexicano Jiménez Remus (lastima, pues era un brillante panista), urge que abandone Madrid, si se quiere una comunidad mexicana más activa y presente en España y no de espaldas a nuestra embajada. Tres décadas de excelentes relaciones así lo apremian y lo requieren.¿Lo sabrá la secretaría otrora en Tlatelolco y hoy situada en la flamante Plaza Juárez? Quizá.

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Saturday, April 14, 2007

Mi Iberismo (por José Saramago)

Este es sólo el prólogo de un libro, el libro de César Antonio Molina “Sobre el Iberismo y otros escritos de literatura portuguesa”. Un libro que aún no he tenido la fortuna de leer -Molina, César Antonio: Sobre el iberismo y otros escritos de literatura portuguesa. Ediciones Akal. Madrid, 1990- y un prólogo que he encontrado por casualidad en internet buscando algo sobre otro libro que sí disfruté hace algún tiempo, La balsa de piedra, precisamente de Saramago. Pero volviendo a estas líneas que hoy comparto con vosotros, son unas líneas geniales del escritor vecino que me ha parecido oportuno poner aquí para que todos vosotros también las podáis disfrutar. Eso espero:

No es esta la primera vez que me pregunto sobre las causas y circunstancias que, en estos últimos años de mi vida, me han convertido en casi obligada referencia, por parte portuguesa, siempre que sale a la luz la vieja cuestión del iberismo. Pero ésta será, en efecto, la primera vez que intentaré encontrar una respuesta que, al tiempo que satisface mi propia ilustración de los hechos, pueda servir para delimitar, con suficiente claridad, la reducida área en que, tal vez, se está aplicando, directa o indirectamente, en estas materias especificas, la noción del escritor que soy. Quiero prevenir, al hacer estas salvedades, que cualquier identificación que se haga de mi trabajo literario o de mi intervención cívica y política con un cuerpo de doctrina, plan de acción o una estrategia que apunten al resurgimiento o a la reactivación de la cuestión ibérica tendrá que plegarse, o al menos no ignorar, los argumentos y precisiones aquí expresados.

Como cualquier otro portugués antiguo y moderno, fui instruido en la firme convicción de que mi enemigo natural es, y siempre habría de serlo, España. No atribuíamos demasiada importancia al hecho de que nos hubiesen invadido y saqueado los franceses, o que los ingleses nuestros aliados nos hubieran explotado, humillado o gobernado: esos no eran más que episodios históricos comentes que teníamos que aceptar de acuerdo con las reglas de un relativismo práctico, ese que precisamente nos enseña a relativizar, esto es, a tener paciencia. Absoluto, lo que se dice absoluto, desde nuestro punto de vista de portugueses, sólo el rencor al castellano, sentimiento llamado patriótico en que fuimos infatigables en el transcurso de los siglos, lo que, quién sabe, nos habrá ayudado por el rechazo y por la contradicción, a formar, robustecer y consolidar nuestra propia identidad nacional. No afirmo que las cosas hayan pasado así, es solamente una idea que se me ha ocurrido al socaire de la escritura. Como tampoco afirmo que sea verdad que a todo esto España se haya limitado a responder con absoluta, no relativa, indiferencia, o incluso con algún menosprecio, por añadidura. El alma de los pueblos, si es que soy yo mismo capaz de entender lo que eso quiere decir, no es seguramente menos compleja que aquella que el simple individuo lleva consigo en su única y simple vida.

Este sistema organizado de malquerencias y desconfianzas, cuántas veces paralizador, no me impidió, como tampoco impidió a otros portugueses, interesarme muy de cerca por la cultura española, en especial la literatura y la pintura. En distinto plano, también alenté siempre la curiosidad por saber qué pensaban los españoles de sí mismos (y unos de otros) a lo largo de los tiempos y, poco a poco, puede salir de una visión histórica generalizada para llegar a la apreciación dinámica de las diferencias; creo que he empezado a comprender mejor a España conforme iba reconociendo e identificando, en la plenitud de su expresión, las diversidades nacionales que veía emerger de la unidad estatal, lo que resultó, por último, supongo que por un proceso no completamente consciente, una forma de apagamiento subversor de la imagen de España adquirida por vía pasiva a favor del surgimiento irresistible de una constelación socio-histórico-cultural pluriforme, literalmente fascinante. Claro que nada de lo que estoy escribiendo es nuevo: como yo, lo han experimentado todos aquellos que se han acercado a España despojados de ideas preconcebidas, o suficientemente vigilantes como para esquivar los daños que éstas suelen causar a los incautos. Pero, efectivamente, algo vino a modificar mi relación, primero con España, después con la Península Ibérica en su conjunto (lo que equivale a decir que yo empezaba a lanzar sobre mi propío país una mirada diferente): la evidencia de la posibilidad de una nueva relación que sobrepusiera al diálogo entre Estados, formal y estratégicamente condicionado, un encuentro continuo entre todas las nacionalidades de la Península, basado en la búsqueda de la armonización de los intereses, en el fenómeno de los intercambios culturales, en fin, en la intensificación del conocimiento.

No soy tan ingenuo como parece, y en este caso menos que en cualquier otro. Esta concepción abierta de los hechos peninsulares tenía que chocar inevitablemente, y sobre todo por parte de España, con una indignada y muy patriótica resistencia, pues se objetaría que en el «caldo» ibérico así preconizado, se habría de disolver la, desde siempre trabajosa, unidad de los Estados, peligro del que, como sabemos y sin temor alguno a la paradoja, acabamos de ponernos a salvo, portugueses y españoles, gracias a la integración en la Comunidad Económica Europea, escrupulosa a más no poder en lo que se refiere a salvaguardar las identidades nacionales y otros soberanos pruritos de sus miembros… Cuando, por fin, había encontrado ya mi Península Ibérica, en ese momento, la perdía. Intenté mirar más allá de la frontera y comprender lo que hasta los Pirineos se extendía, y cuando apenas me había empezado a acostumbrar al deslumbramiento de esa nueva visión, acudían los políticos que gobiernan en mi país (otros que también me gobiernan no están aquí), acudían, repito, a enseñarme que tales visiones eran anacrónicamente cortas, que si yo quería ser un hombre de mi tiempo tenía que pasar a jurar por Europa, aun no sabiendo exactamente, ni yo ni ellos, qué Europa es ésa que tan bien parece querernos. En resumen: ser ibérico equivalía, o equivale, a rozar peligrosamente la traición, ser europeo representa el toque final de la perfección y la vía ancha para la felicidad eterna.

Ahora bien, coincidiendo más o menos con estas desventuras espirituales, y probablemente también por efecto reflejo de la decepción sufrida al querer llegar a un entendimiento más sensible del pequeño y desde ahora frustrado universo ibérico, volví los melancólicos ojos hacia América Latina donde, a pesar de la cúpula magnífica de la lengua del imperio económico, se sigue hablando y escribiendo en portugués y en castellano. No se trata, claro está, de un descubrimiento repentino, de un hallazgo, de un encuentro de civilizaciones; los escritores de allá, tanto prosistas como poetas, no me eran desconocidos y sabía lo bastante de la historia de aquella inmensa parte del mundo como para no desmerecer en una conversación entre amigos o en un debate público a modesto nivel en cuanto a geografía, debido a mi insaciable curiosidad cartográfica, soy capaz de poner un dedo exacto, sin dudar, en cualquier país que, como test de conocimientos básicos, se me proponga. La diferencia de esta nueva mirada era que una especie de conmoción, un presentimiento, un alborozo incontenible del espíritu me estaban insinuando que la propia Península Ibérica no podrá ser hoy plenamente entendida fuera de su relación histórica y cultural con los pueblos de ultramar y que, de seguir la actual tendencia a la relajación de las capas profundas que nos siguen vinculando a ellos (no confundir con aproximaciones políticas y económicas subordinadas, casi siempre, a intereses de terceros), nosotros, los peninsulares, acabaremos en la incómoda situación de quien, habiéndose sentado en dos sillas no sabe cuál de ellas le ofrece más seguridad, siendo cierto, por otro lado, e insistiendo en la metáfora, que el problema de la identidad de quien así se sentó, no saca provecho de la inestabilidad subsiguiente, al precario estatuto, adoptado del que no supo escapar, cuando todavía estaba a tiempo. Quiero decir, en fin, que esta Península, que tanta dificultad tendrá en ser europea, corre el riesgo de perder, en América Latina, no el mero espejo donde podrían reflejarse algunos de sus rasgos, sino el rostro plural y propio para cuya formación los pueblos ibéricos llevaron cuanto entonces poseían espiritualmente bueno y malo y que es, ese rostro, así lo creo, la mayor justificación de su lugar en el mundo. Admitiría que América Latina quisiera olvidarse de nosotros, sin embargo, si se me permite profetizar, preveo que no iremos muy lejos en la vida si escogemos caminos y soluciones que nos lleven a olvidarnos de ella.

Aunque sin concluir, debo terminar. Escribiré sólo las dos palabras que tengo fijas en el espíritu y que condensan este manojo de ideas desglosadas en concepto: trans-iberismo. Sospecho que hay en ellas la promesa de algo más que un enunciado no carente de sentido lógico. Dicho esto, yendo más allá de la pregunta inicial y proponiendo una nueva, concluyo finalmente: ¿El iberismo está muerto? Sí. ¿Podremos vivir sin un iberismo? No lo creo. Reconozcamos que no iríamos muy lejos por el camino que nos deberá conducir a una amplia y más productiva comprensión de las cuestiones del iberismo, tanto en su expresión local y actual cuanto en sus futuras manifestaciones dentro y fuera de La península, si no empezásemos por conocer a fondo, de un modo crítico y objetivo, el solar literario ibérico. Nos perderíamos, como sucedió tantas veces en el pasado, en los embelecos de una retórica vacía y oficialista, que sería la responsable de los nuevos malentendidos que llegaran a sumarse y a agravar los antiguos. Gracias a los rigurosos y diversificados estudios e indagaciones de César Antonio Molina, reunidos en este libro, la cuestión ibérica, cualitativamente valorada, recobra ahora fuerza y actualidad. Sólo aquellos que todavía se mantienen asidos a prejuicios nacidos de un nacionalismo más defensivo que racional, más hecho de mesianismos que de objetividad, porfiarán en cerrar los ojos. Pero esos, si alguna vez los llegan a abrir, se hallarán, ese día, inmovilizados en la historia, solos.

Posted by Juan A. Sánchez at 23:44:21 | Permalink | No Comments »